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«Tesoros de la Fe» Nº 81 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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San Gregorio Magno

Baluarte de la Edad Media naciente


Doctor de la Iglesia, uno de los mayores Papas de la Historia, dirigió la Barca de Pedro con sorprendente habilidad y dio rumbo a la conturbada época en que vivió


Plinio María Solimeo


“Gregorio es ciertamente una de las más notables figuras de la historia eclesiástica. Ejerció en varios aspectos una significativa influencia en la doctrina, organización y disciplina de la Iglesia Católica. Hacia él debemos mirar en pos de una explicación de la situación religiosa de la Edad Media; en efecto, si no se tomara en cuenta su trabajo, la evolución de la forma de la Cristiandad medieval sería casi inexplicable. Tanto cuanto el moderno sistema católico es un legítimo desarrollo del catolicismo medieval, no sin razón Gregorio debe ser llamado también su padre. Casi todos los principios directivos del subsecuente catolicismo son encontrados, por lo menos en germen, en Gregorio Magno”.1

Él “merece el glorioso título de Magno por todas las razones que pueden elevar un hombre por encima de sus semejantes: porque fue magno en nobleza y por todas las cualidades que vienen del nacimiento y de los ancestros; magno en los privilegios de la gracia con que el Cielo lo colmó; magno en las maravillas que Dios operó por su intermedio; y magno por las dignidades de cardenal, de legado, de Papa, para las cuales la divina Providencia y sus méritos lo elevaron”.2

Esmerada y virtuosa educación

Gregorio nació en Roma el año 540. Su padre, Gordiano, era senador. Muy rico, después del nacimiento de su hijo se consagró enteramente a Dios y al servicio de los pobres. Su madre, Silvia, no era menos ilustre ni menos virtuosa, y pasó los últimos años de su vida en contemplación en un pequeño oratorio adonde se retiró. Además de su madre, dos de sus tías, Tarsila y Emiliana, fueron también elevadas a la honra de los altares. Así, su primer biógrafo, Juan, el diácono, habla de su educación como la de un santo entre santas.3

Dotado de excepcional inteligencia y brillante memoria, Gregorio aprendió con facilidad las letras divinas y humanas. Es muy probable que haya estudiado también derecho. San Gregorio de Tours, que nos dejó algunas impresiones sobre él, dice que en gramática, retórica y dialéctica era tan hábil que, según voz corriente, no tenía igual en toda Roma. Dice también que él se entregó a Dios desde su juventud.

Mientras su padre vivió, Gregorio tomó parte en la vida del Estado y llegó a ser prefecto de Roma. Con su muerte, resolvió retirarse del mundo y consagrarse a Dios. Eso sucedió probablemente el 574. Con su gran fortuna, fundó seis monasterios en Sicilia, además de uno en Roma, en su palacio, con el nombre de San Andrés al Celio. Ahí tomó el hábito religioso. Su caridad con los pobres era tan grande, que fue premiada con varios milagros.

El año 577 el Papa Benedicto I lo nombró cardenal-diácono o regional. Quienes estaban revestidos de esa dignidad, siete en total, presidían las siete regiones principales de Roma para atender sus necesidades.

Más tarde el Papa Pelagio II lo envió a Constantinopla, como legado y embajador junto al emperador Tiberio. Su misión principal consistía en mover al emperador a poner orden en Italia.

Después de seis años de vida diplomática en esa ciudad, Gregorio fue llamado a Roma, presumiblemente el 585, siendo elegido entonces abad de San Andrés. El monasterio se hizo famoso por su enérgico abad. En sus Diálogos se pueden leer muchas de sus edificantes actitudes. Se dedicaba especialmente a la formación de sus monjes, a quienes explicó varios libros de las Sagradas Escrituras, como el Pentateuco, el Libro de los Reyes, los Profetas, el Libro de los Proverbios y el Cantar de los Cantares.

Intervención divina elimina la peste

El año de 590, terribles inundaciones seguidas de una peste asolaron la Ciudad Eterna, privando a la Iglesia de su jefe, el Papa Pelagio. El clero, el pueblo y el Senado de Roma escogieron unánimemente para el Pontificado al diácono Gregorio. Él no quería aceptar, pero al fin accedió, con tal que la designación fuese ratificada por el emperador. Al mismo tiempo le escribió a éste, que era muy amigo suyo, implorando que no ratificase la elección. Pero su hermano, por entonces prefecto de Roma, interceptó la carta y envió al emperador otra, enalteciendo las cualidades de Gregorio y pidiendo su confirmación en el cargo.

Procesión rogativa a Sant’Angelo, Giovanni di Paolo, siglo XV — Museo del Louvre, París

Mientras no llegaba la respuesta, Gregorio asumió interinamente el puesto, debido al estado de calamidad en que Roma se encontraba. Para hacer cesar el flagelo de la peste, convocó procesiones rogatorias generales, durante tres días, con la presencia de todos, inclusive la de los abades de los monasterios de la Ciudad Eterna con sus religiosos, y de las abadesas con sus religiosas. Gregorio portó en esa procesión un antiguo cuadro de la Virgen, cuya autoría es atribuida a San Lucas. Según la tradición, por donde pasaba el cuadro, el aire corrompido cedía lugar al sano. Cuando llegó a las proximidades del mausoleo de Adriano, de acuerdo con la misma tradición, se oyeron coros angélicos que cantaban: “Reina del Cielo alégrate, aleluya; porque el Señor a quien has merecido llevar, aleluya; ha resucitado según su palabra, aleluya”. El pueblo se arrodilló, lleno de devoción y alegría, y Gregorio cantó: “Ruega al Señor por nosotros, aleluya”. En el mismo instante vio a un ángel que envainaba la espada, para significar el cese del flagelo. A partir de entonces el mausoleo de Adriano pasó a ser conocido como Sant’Angelo.

Cuando llegó la respuesta del emperador confirmando a Gregorio en el cargo, este quiso huir, pero a la fuerza fue ordenado sacerdote y coronado Sumo Pontífice.

Capitán, rey, pontífice, padre del pueblo

Una triste situación se presentaba ante el nuevo Papa. La Iglesia estaba en deplorable estado y necesitaba de una mano firme que la reformara. En África, imperaba la herejía donatista; en España, la arriana; en Inglaterra, la idolatría; y en la Galia, la simonía, los crímenes de Fredegunda y los errores de Brunilda. En Italia, los lombardos, que eran arrianos y rivales del poder imperial, hacían devastaciones. En Oriente, se manifestaba la arrogancia de los patriarcas de Constantinopla y la mala voluntad de los emperadores bizantinos que, no pudiendo defender ni gobernar Italia, quedaban con celos al ver que los Papas cumplían ese papel. En fin, en todas las fronteras del Imperio Romano, hordas de bárbaros amenazaban acabar con lo que restaba de pie en ese mundo en transición.

El nuevo Papa “luchaba contra la peste, contra los temblores de tierra, contra los bárbaros heréticos y contra los bárbaros idólatras, contra el paganismo muerto e infecto pero insepulto, contra su propio cuerpo, consumido por las enfermedades; y se puede decir que el alma de Gregorio era lo único enteramente sano que existía en toda la humanidad”.4 Así, con una habilidad y energía raras, él se multiplicaba, haciendo de capitán, rey, pontífice y padre de los romanos. Reunió tropas y pagó su sueldo, proporcionó a los bárbaros las contribuciones que exigían para no invadir Roma; alimentó y consoló al pueblo. Obtuvo del rey de los lombardos una tregua con Roma y su territorio. Con la ayuda de Teodolinda, reina de los lombardos, que era cristiana y amiga fiel del Papa, consiguió la conversión de toda la nación lombarda del arrianismo a la fe católica. Libró después el territorio pontificio de todos los tiranuelos que habían surgido en medio de la anarquía, dando inicio al poder temporal de los Papas.

En 592 el emperador bizantino, por un edicto, prohibió a sus soldados abrazar la vida monástica. Inmediatamente San Gregorio le escribió mostrando que, con ello, él hería las leyes de Dios y el derecho de conciencia de los soldados. Recordándole al emperador Mauricio las terribles cuentas que tendría que prestar a Dios por esa decisión, el día de su juicio particular.

El gran Papa comunicó a su embajador en Constantinopla: “Sé tolerar por mucho tiempo, pero, una vez que resuelva resistir, me lanzo con alegría en todos los peligros. Antes morir que ver a la Iglesia del Apóstol San Pedro degenerar en mis manos”.

Por su humildad, Gregorio fue el primer Papa que se llamó “siervo de los siervos de Dios”. En sus labios, esa declaración no era una mera figura retórica.

Consolida la liturgia, codifica el canto sagrado

Gregorio fue proficuo en sus escritos, habiendo todos ellos alcanzado gran repercusión. De ahí el título que merecidamente recibió de Doctor de la Iglesia. En su Libro de la Regla Pastoral, por ejemplo, una de sus obras que más influyeron en la Edad Media, proporciona al clero una norma de vida. Ya en sus Homilías, se dirige al pueblo con una simplicidad conmovedora. Su palabra es tan eminentemente comunicativa, tan viva, tan apropiada, que la multitud la escucha religiosamente, a veces con lágrimas, otras con aplausos.

De mayor valor trascendental fueron su consolidación litúrgica y la codificación del canto eclesiástico (hasta hoy el canto llano lleva su nombre, gregoriano). A él se debe, por ejemplo, la costumbre de cantar el Kyrie eleison en la Misa, la introducción del Padrenuestro antes de la fracción de la Hostia, y de los aleluyas en los oficios divinos, incluso fuera del tiempo pascual. Tuvo mucho empeño en realizar las ceremonias de culto con mucha pompa exterior, para instrucción y edificación del pueblo.5 Del punto de vista de la liturgia, fue un digno predecesor del Papa San Pío V.

San Gregorio Magno tuvo un gran empeño en la conversión de los ingleses, de manera que mereció el título de Apóstol de Inglaterra.

Tumba de San Gregorio Magno

El Pontífice, incluso antes de ser electo Papa, había pasado por diversas crisis de salud que duraron meses enteros.

Hacia el fin de su vida, escribió: “Hace casi dos años estoy en cama, con grandes dolores de gota, de modo que apenas en los días de fiesta me puedo levantar para celebrar. Y luego, con la fuerza del dolor, me vuelvo a recostar. [...] Así, muriendo cada día, nunca acabo de morir, y no es maravilla que yo, siendo tan gran pecador, Dios me mantenga tanto tiempo en esta cárcel”. El gran Papa falleció el día 12 de marzo de 604, a los sesenta años de edad.     


Notas.-

1. F.H. Dudden, Gregory the Great, I, p. v, in The Catholic Encyclopedia, Vol. VI, Copyright © 1909 by Robert Appleton Company, online edition, © 2003 by Kevin Knight.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. III, p. 360.
3. G. Roger Hudleston, Saint Gregory the Great, in The Catholic Encyclopedia.
4. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. I, p. 488.
5. Cf. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. II, p. 126.





  




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