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«Tesoros de la Fe» Nº 100 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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Santa Catalina de Siena

Misión providencial




Dios suscitó en el siglo XIV a una santa con un ardiente celo por la Santa Iglesia y que idealizaba una cruzada contra los infieles


Plinio María Solimeo


El año de la gracia de 1347, Lapa Benincasa dio a luz a dos gemelas en su vigésimo cuarto parto. Una de ellas no sobrevivió después del bautismo. La otra, Catalina, se convertiría en la gloria de su familia, de su patria, de la Iglesia y del género humano.

Giacomo di Benincasa, el padre, era un próspero tintorero, “hombre simple, leal, temeroso de Dios, y cuya alma no estaba contaminada por ningún vicio”. 1 Piadoso y trabajador, formaba a su enorme familia (¡tuvo 25 hijos de un solo matrimonio!) en el amor y en el temor de Dios.

Catalina, la penúltima de la familia y la menor de las hijas, tuvo la predilección de todos y creció en un ambiente moral puro y religioso.

Como la Providencia divina tenía designios especiales sobre ella, desde su más tierna infancia Catalina fue colmada de favores celestiales, alternando con ángeles y santos. A los siete años, hizo voto de virginidad; a los 16, cortó su larga cabellera para eludir un matrimonio; y a los 18, recibió el hábito de las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. A los 20 años, ya vivía sólo de pan y agua. Fue agraciada con favores sobrenaturales, como el “matrimonio místico”; recibió estigmas semejantes a los de Nuestro Señor y tuvo una “muerte mística”, durante la cual fue llevada en espíritu al infierno, al Purgatorio y al Paraíso; tuvo también una “permuta mística de corazón” con Nuestro Señor.

Analfabeta, aprendió milagrosamente a leer y escribir, para poder cumplir la misión pública que Dios le destinaba.

Dirigía un número enorme de discípulos, los caterinati, entre los cuales se encontraba gente del clero, de la nobleza y del pueblo más menudo. Uno de ellos, el bienaventurado Raymundo de Capua, su confesor, fue también su primer biógrafo. Gracias a él sabemos pormenores de su impresionante vida.

“Todos sus contemporáneos atestiguan su extraordinario encanto personal, que prevalecía sobre las continuas persecuciones de que era objeto incluso por los frailes de su propia orden y sus hermanas de religión”. 2

Como es imposible relatar en un limitado artículo los muchos milagros, favores místicos, penitencias, oraciones y actividades de esta incomparable santa en la Historia de la Iglesia, nos limitaremos a resaltar el aspecto público y providencial de su misión.

Lecciones con San Juan y el Doctor Angélico

Catalina amaba apasionadamente a la Iglesia Católica y sufría viendo sus males. Sus obras externas consistían, en una fase inicial de su actividad apostólica, en asistir a los pobres y enfermos y dirigir a sus discípulos. Hasta que llegó la hora, a ejemplo del Divino Maestro, de comenzar su vida pública. Para ello, recibió una orden formal de Nuestro Señor, que le prometió sustentarla con su gracia y la alentó a que no temiera nada.

Ahora bien, a fines de la Edad Media —cuando la gloriosa civilización cristiana a simple vista ya decaía—, Italia era un conglomerado de pequeños reinos y repúblicas que muchas veces vivían en guerra entre sí. Incluso en una misma ciudad, había guerras entre facciones contrarias. Catalina fue varias veces llamada a hacer de árbitro entre ellas como su ángel pacificador. Así, viajó de Siena a Florencia, Luca, Pisa y Roma como pacificadora.


“Sin ninguna experiencia de la política, se coloca frente a los más altos poderes de su tiempo. Y no ruega; exige, manda: «Deseo y quiero que obréis de esta manera... Mi alma desea que seáis así... Es la voluntad de Dios y mi deseo... Haced la voluntad de Dios y la mía... Quiero». Así hablaba a la reina de Nápoles, al rey de Francia, al tirano de Milán, a los obispos y al Pontífice [...] En su semblante hay algo que intimida y seduce al mismo tiempo”. 3

No es de admirar, pues, cómo ella misma escribió en una de sus cartas, “he tomado lecciones como en sueños con el glorioso evangelista San Juan y con Santo Tomás de Aquino”. 4

Florencia se rebeló contra la Santa Sede y más de 60 ciudades de los Estados Pontificios se unieron a ella. El Papa lanzó un interdicto sobre aquellas localidades. Ocurrieron revueltas.

Catalina entra como mediadora entre el Papa y los conjurados. Así comenzó una correspondencia incesante con el Papa Gregorio XI, llena de piedad y amor filial, cada vez más apremiante, a favor de los súbditos de los Estados Pontificios que se habían rebelado contra él: “Santísimo y dulcísimo Padre en Nuestro Señor Jesucristo [...] Oh gobernador nuestro, yo os digo que hace mucho tiempo deseo veros un hombre viril y sin temor alguno. [...] No miréis para nuestra miseria, ingratitud e ignorancia, ni para la persecución de vuestros hijos rebeldes. ¡Ay! Que a vuestra benignidad y paciencia venzan la malicia y la soberbia de ellos. Tened misericordia de tantas almas y cuerpos que perecen”. 5

Espíritu de cruzada

Ansiaba la pacificación de la Cristiandad para que, unidos, los cristianos se dispusiesen a emprender una cruzada para liberar los Santos Lugares.

“Dos grandes pensamientos agitaban el alma de Catalina: la pacificación de la Iglesia, su querida madre, por la cual ella se sentía devorada de celo y amor; después, ese pensamiento tan fecundo en la Edad Media — la guerra santa de las Cruzadas [...] Ella veía esa cruzada, objeto de sus votos, retroceder más aún por las discordias que separaban a los pueblos cristianos. Fue tal vez ese dolor el que consumió su vida”. 6

“Imploró al Papa Gregorio XI que dejara Aviñón, para reformar el clero y la administración de los Estados Pontificios; y se empeñó ardientemente en su designio de una cruzada, con la esperanza de unir las fuerzas de la Cristiandad contra los infieles y restaurar la paz en Italia, librándola de las compañías errantes de soldados mercenarios”. 7

Al Rey de Francia lo censuró por guerrear contra cristianos y no empeñarse en la cruzada: “Yo os pido que seáis más diligente para impedir tanto mal y para activar tanto bien, como es la recuperación de la Tierra Santa y de aquellas almas infelices que no participan de la Sangre del Hijo de Dios. De esta cosa os deberíais avergonzar, vos y los otros señores cristianos; porque es una gran confusión ante los hombres, y abominación ante Dios, hacer la guerra contra los hermanos y dejar a los enemigos; y querer quitar lo que es de los otros y no reconquistar lo que es suyo. Yo os digo, de parte de Jesús Crucificado, que no demoréis más en hacer esta paz. Haced la paz y haced toda guerra contra los infieles”. 8

Fin del “exilio de Aviñón”

Mejor éxito tuvo ella con relación al fin del “exilio de Aviñón”. Desde 1309, bajo Clemente V, el Papado había sido transferido a aquella ciudad francesa, desde donde era dirigida toda la Cristiandad. Ya Santa Brígida, Reina de Suecia, había intentado en vano traer al Papa de vuelta a Roma.

En Aviñón, frente a los cardenales, la intrépida Catalina osó proclamar los vicios de la corte pontificia y pedir, en nombre de Cristo Jesús, la reforma de los abusos. 9 Gregorio XI la llamaba para dar su opinión en pleno Consistorio de los Cardenales. Ella lo convenció de regresar a Roma. El 17 de enero de 1377, Gregorio XI deja Aviñón, a pesar de la oposición del rey francés y de casi todo el Sacro Colegio. Estando en camino aún duda, y ella lo conjura a ir hasta el fin.


Pero la paz en la Iglesia no duraría mucho. Nuevamente la República de Florencia se rebeló contra el Papa, que apeló a Catalina. Rechazada por aquella ciudad, la santa casi fue martirizada. Gregorio XI, agotado, envejecido, sufrido, no resiste y entrega su alma a Dios.

Para ocupar el trono de San Pedro, los cardenales eligen al arzobispo de Bari, el cual toma el nombre de Urbano VI. Conociendo ya a Catalina, y viendo en ella el espíritu de Dios, el nuevo Pontífice la llama a Roma para que esté a su lado. Y esto era muy necesario, pues algunos cardenales franceses, disgustados con la rigidez del nuevo Papa, regresan a Aviñón, anulan la elección de Urbano y eligen al antipapa Clemente VII. Comienza así el llamado Gran Cisma de Occidente. 10

Catalina entró en acción procurando ganar, para el verdadero Papa, a reyes y gobernantes de Europa, por medio de cartas llenas de amor a la Iglesia y animadas del enérgico sentimiento del deber. Intentó inútilmente traer de vuelta al verdadero redil a los tres cardenales, que eran los principales autores del cisma. A cardenales, obispos y prelados, Catalina escribió 150 cartas; y a reyes, príncipes y gobernantes, 39.

Angustia por el futuro de la Iglesia

“Las angustias que le causaban las revelaciones sobre el futuro de la Iglesia fueron para esta santa [Catalina de Siena] como una pasión dolorosa. Ella clamaba al Señor y pedía gracia para esta Iglesia, Esposa de su Divino Hijo: «Tomad, oh Creador mío, este cuerpo que yo recibí de vuestras manos. No perdonéis ni la carne ni la sangre; rompedlo, lanzadlo en las brasas ardientes; quebrad mis huesos, con tal que os plazca de oírme en favor de vuestro Vicario»”. 11

Entre lo que Dios le revelaba, había cosas sublimes y otras terribles. Ella pidió a sus secretarios que, no bien la vieran entrar en éxtasis, anotaran sus palabras. De ahí nació el libro del diálogo entre una alma (la de ella) y Dios, conocido hoy en día por el nombre de Diálogo.

Santa Catalina falleció el 29 de abril de 1380, a los 33 años. Es Doctora de la Iglesia y Patrona de Italia.     


Notas.-

1. Beato Raymundo de Capua, Vida de Santa Catalina de Siena, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1947, p. 9.
2. Edmund G. Gardner, trascrito por Lois Tesluk, The Catholic Encyclopedia, vol. III, 1908. Online Edition, 1999 by Kevin Knight.
3. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, 3ª. edición, t. II, p. 236.
4. Id., p. 239.
5. Santa Catalina de Siena, Cartas, traducidas por Ferrera de Macedo, Tip. União Gráfica, Lisboa, 1952, p. 58.
6. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, Bloud et Barral, París, 1882, t. V, p. 130
7. The Catholic Encyclopedia, online edition.
8. Santa Catalina de Siena, Cartas, p. 52.
9. Tales abusos existentes en la Corte Pontificia eran al mismo tiempo causa y reflejo de los errores del Renacimiento, que comenzaban a esparcirse por todas partes. “En el siglo XIV —escribe el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira— comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más con ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y molicie. Hay una paulatina mengua de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz y de las aspiraciones de santidad y vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental; la literatura de amor invade todos los países; los excesos de lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales. [...] Este nuevo estado de alma contenía un deseo poderoso, aunque más o menos inconfesado, de un orden de cosas fundamentalmente distinto del que había llegado a su apogeo en los siglos XII y XIII [auge de la Edad Media]. La admiración exagerada, y no pocas veces delirante, por el mundo antiguo, sirvió como medio de expresión a ese deseo. Procurando muchas veces no chocar de frente con la vieja tradición medieval, el Humanismo y el Renacimiento tendieron a relegar a la Iglesia, lo sobrenatural, los valores morales de la Religión, a un segundo plano. El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos [renacentistas] introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas en que cada vez más nos vamos hundiendo.” (Revolución y Contra-Revolución, Parte I, Cap. III, A y B). Fue en ese ambiente que se movió y actuó la gran Santa Catalina de Siena.
10. Sobre lo que viene a ser un antipapa, así como sobre trazos generales del Gran Cisma de Occidente, recomendamos leer La Palabra del Sacerdote, de enero y marzo del 2004.
11. Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 135.





  




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