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«Tesoros de la Fe» Nº 150

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La invocación al Ángel de la Guarda


PREGUNTA

Tengo una enamorada que ve cosas extrañas, ve bultos, oye pasos. Tengo un mal presentimiento sobre esto. Ambos somos católicos, pero ella no tiene paz. Quiero ayudarla,quiero que ella deje de ver esas cosas. Ella sufre mucho, llora mucho, ayúdenme, por favor.


RESPUESTA

La primera idea de quien oye esta narración es de que se trata de fenómenos preternaturales producidos por demonios para atormentar a esa joven y, en consecuencia, al que pretende casarse con ella y nos escribe. Pero la prudencia manda que, antes de llegar a esa conclusión extrema, se verifique si no existe alguna explicación natural para los hechos por él narrados.

Esta es la recomendación de la Iglesia: antes de recurrir a una oración exorcística (es decir, de expulsión de los demonios) hecha por algún sacerdote calificado, se debe verificar el estado de salud de la joven llevándola a un médico general, pues una simple situación de estrés (cansancio excesivo) puede producir mareos o fenómenos extraños, que tal vez desaparezcan con tratamientos comunes, más allá del necesario descanso.

No se trata, por lo tanto, de negar a priori que en los hechos esté presente una acción del demonio, sino de eliminar eventuales causas psicofísicas, que un médico general puede resolver. Este puede, por cierto, recomendar que se consulte a un psicólogo o a un profesional de otra especialidad médica, si juzga que el caso desborda la competencia de la medicina general.

En este caso, no obstante, antes de ir a otro médico o psicólogo, conviene desde luego consultar a un sacerdote sabio y experimentado, para que desde un comienzo acompañe el caso. A lo mejor, él podrá ir a bendecir la casa de la joven, y rezar en el lugar un exorcismo breve.

Dificultades en el camino

Médico, psicólogo, sacerdote…Hablar es muy fácil, no es tan fácil encontrar a personas competentes. Pues muchas veces se llega, lamentablemente, de recomendación en recomendación, a profesionales imbuidos de teorías “modernas”, anticatólicas, como los adeptos de doctrinas freudianas o afines, que deben ser rechazados del modo más categórico.

Por ello, es necesario informarse bien, con parientes y amigos, sobre la competencia y confiabilidad del médico, psicólogo o sacerdote que se va a consultar. En fin, un camino lleno de dificultades. En la vida de Santa Teresa de Ávila, se lee cómo ella padeció en manos de sacerdotes incompetentes, aunque eran acuciosos y de buen espíritu.

En ese camino, es necesario, pues, comenzar por explicar a la propia paciente que ella tiene todo el derecho de mantener reserva sobre sus problemas íntimos, y no debe estar exponiéndolos a cualquiera. Es comprensible que lo haga con quien la pretenda en matrimonio —usted que me escribe—, así como con sus padres y, sobre todo, con su madre; persona con quien todos los hijos acostumbramos tener más intimidad y confianza. Además, el sentido de la maternidad que Dios comunicó a las madres, les confiere un instinto, no siempre infalible, pero frecuentemente acertado. La hija, por su parte, en el común de los casos, sabrá también cómo comunicarse con su madre, pidiéndole consejo y ayuda.

Comencemos por los médicos.Además de la familia,los amigos y conocidos pueden recomendar a profesionales competentes y de confianza, a quien se les pueda consultar. De ahí resultará un primer diagnóstico, del punto de vista de la medicina general, de lo que le ocurre al paciente. El camino a seguir dependerá de esta primera consulta.

Sin embargo, corresponde desde ya dar algún consejo del punto de vista religioso, que es lo que el consultante ciertamente espera, al dirigirse al sacerdote responsable de la presente sección en la revista Tesoros de la Fe. Entramos, pues, en aquello que nos compete decir, como “especialista de almas”. No se trata de un elogio a mí mismo: es apenas la categoría en la cual son cultivados todos los sacerdotes, independientemente de su capacidad personal y del provecho que cada cual obtuvo de los estudios en el seminario, así como de los años en el ejercicio de su ministerio sacerdotal.

Poner el caso en las manos de Dios

Cualquiera que sea la causa de los fenómenos que el consultante describe, el hecho es que ellos producen en la paciente un estado de desconsuelo y abatimiento interior que la hace llorar frecuentemente. Cuando la persona llora, es porque no ve solución para su caso. Entonces, la primera cosa que ella debe hacer es elevar los ojos hacia Dios y pedirle ayuda. Dios sabe todo lo que pasa con nosotros, Él quiere nuestro bien, quiere ayudarnos —muchas veces nos ayuda sin que se lo pidamos— pero normalmente aguarda que elevemos los ojos hacia Él y pidamos socorro. “Padre nuestro, que estás en el cielo… no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén”. Dios es infinitamente poderoso y misericordioso y puede librarnos de todo mal.

Además, Dios instituyó a María Santísima, Madre de Jesucristo, como auxiliadora nuestra en todas nuestras necesidades, y Ella intercede junto a Dios para que obtengamos todas las gracias que nos son necesarias. De ahí que recurramos a Ella: “Dios te salve María, llena eres de gracia… bendita Tú eres entre todas las mujeres… ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Por lo tanto, la primera idea que debemos fijar es que la principal ayuda nos viene del cielo, es decir, de Dios, por la intercesión de Nuestra Señora, y de los demás santos, que, por voluntad de Dios, también son nuestros intercesores ante Él.

Es lo que el consultante debe inculcar en aquella que un día será su esposa. Si ella da este paso en dirección a Dios y a la Santísima Virgen, habrá iniciado el camino para librarse de los fenómenos extraños que la oprimen. El resto es una cuestión de tiempo y de confianza en Dios.

Consejos psicológicos y de vida espiritual

De los puntos de vista psicológico y espiritual, un consejo fundamental es no estar pensando continuamente en sí mismo. Pensar en sí mismo nos arrastra precisamente a pensar en los problemas que nos afligen. De ahí la importancia de que tengamos una ocupación, como los estudios o un trabajo profesional que absorba nuestra atención. Es lo que los especialistas llaman “terapia ocupacional”.

Pero un católico, aunque no requiera la terapia ocupacional, levanta la mente mucho más alto. Él coloca sus problemas en las manos de María Santísima y le pide a Ella que lo libre de sus pensamientos obsesivos. Es oportuno recordar aquí la llamada oración de San Bernardo “Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que haya acudido a vuestra protección… ¡haya sido abandonado de Vos!”. Ese jamás se ha oído decir debe ser tomado al pie de la letra… ¡Y la historia lo prueba!

Invocación a los ángeles

Pero existen otras consideraciones de orden espiritual que nos ayudan enormemente en casos como el que estamos analizando. Como es muy posible que los hechos que en la consulta me describen sean realmente producidos por los demonios de los aires —o sea, aquellos ángeles caídos que Dios permite que se queden en la tierra atormentando a los hombres y tentándolos a pecar— debemos invocar la ayuda de los ángeles. Dios los creó para su gloria y su servicio, no obstante, benévolamente los utiliza también para realizar misiones próximas a los hombres.

Ahora bien, sucede que los ángeles buenos fueron aquellos que permanecieron fieles a Dios cuando se trabó aquella gran lucha descrita en el libro del Apocalipsis (12,7): Et factum est praelium magnum in caelo (Se trabó una gran batalla en el cielo). San Miguel, capitaneando a los ángeles buenos, expulsó al infierno a los ángeles malos, que se rebelaron contra Dios. Ésos son los demonios, que hacen de todo para perder las almas y llevarlas, en el mayor número posible, a sufrir —junto con ellos y atormentados por ellos— las penas eternas del infierno.

Es obvio que los ángeles buenos no son indiferentes a la acción de los demonios, y continúan en esta tierra la batalla principiada en el cielo. Y, así, están constantemente ayudando a los elegidos de Dios a combatir las tentaciones del demonio y de esa forma salvar sus almas. Para esta batalla, Dios designó para cada hombre a un ángel de la guarda, que está siempre a su lado luchando contra los maleficios de los demonios. Y, en caso de necesidad, él llama a otros ángeles buenos para que lo ayuden en tal lucha.

Así, cada uno de nosotros saldrá victorioso, en la medida en que preste oído a los ángeles buenos y repela las insinuaciones de los malignos.

Esta invocación a los ángeles es sin duda el consejo más adecuado que podemos hacer a nuestro consultante, en el caso de la joven que él tanto quiere ayudar. ¡Póngalo en práctica y cuéntenos después lo que sucedió!



  




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Nº 210 / Junio de 2019

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