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«Tesoros de la Fe» Nº 231

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San Zacarías I

Baluarte de la Iglesia en una época de transición

Gran Papa, sucesor de san Gregorio III, en cuyo pontificado se avanzó notablemente para lograr la pacificación de la Cristiandad

Plinio María Solimeo

No existen datos referentes a san Zacarías antes de su elevación al solio pontificio. Apenas se sabe que era de origen griego, establecido en Calabria, y que su padre se llamaba Policronio. Lo más probable es que ya fuera sacerdote de la Iglesia romana cuando fue electo para suceder a san Gregorio III en el trono de San Pedro. El Liber Pontificalis, que contiene la biografía de varios Papas, lo describe como “de carácter afable y conciliador, muy caritativo con el clero y el pueblo”. Fue elegido por unanimidad solo cinco días después de la muerte de su predecesor, debido a las necesidades apremiantes de la Cristiandad.

En un artículo anterior [San Gregorio II, nº 122, febrero de 2012], expusimos cómo el rey lombardo Luitprando fue pacificado por san Gregorio II cuando asediaba Roma. Diez años después, durante el pontificado de Gregorio III, Luitprando volvió a sitiar la Ciudad Eterna, porque estaba descontento con la protección que este pontífice concedía a Trasimondo, duque de Espoleto. Y no se retiró hasta que sus bárbaros saquearan la iglesia de San Pedro, que incluso los godos habían respetado anteriormente. La amenaza de hacer lo mismo con otras posesiones de la Iglesia, llevó a san Gregorio III a pedir la ayuda de Carlos Martel —el salvador de la Cristiandad en la batalla de Poitiers, contra los moros—, entonces mayordomo de palacio [jefe de gobierno] de los francos, pero quien ejercía el poder efectivo en aquella nación, primogénita de la Iglesia.

Sucedió entonces algo inédito, en el mismo año de 741 murieron el Papa san Gregorio III, el emperador iconoclasta León (el Isaurio) y Carlos Martel. Le correspondía pues a san Zacarías, recién elegido, enfrentarse al avance de los lombardos. El Pontífice fue a su encuentro, y Luitprando, vencido por la santidad y dignidad del Papa, cedió una vez más. No solo ajustó la paz, sino que liberó a los prisioneros y devolvió a la sede romana las ciudades de Horta, Ameria, Polimartium y Blera.

Se dice que al día siguiente, siendo domingo, Luitprando quiso asistir con su corte a una consagración episcopal presidida por el Papa. La santidad de la ceremonia y las oraciones que el Pontífice pronunció entonces conmovieron a los lombardos, que no pudieron contener las lágrimas. “Y la piedad que mostró en toda esta acción despertó en los corazones de muchos los sentimientos de devoción a Dios y de respeto a su Iglesia”.1

Luitprando murió en 744, culminando con él la edad dorada de los inquietos lombardos. Su nieto y corregente, Hildebrando, fue depuesto y el duque de Friul, Rachis, elegido rey en su lugar. Este último, aunque muy piadoso, sitió a Perugia presionado por sus subalternos. Una vez más, san Zacarías se dirigió al campamento lombardo. Sus palabras conmovieron tanto al rey que no solo levantó el asedio de la ciudad, sino que concedió la paz a los romanos. Pocos después, renunciando al mundo junto con su mujer e hija, depuso la corona a los pies del Papa.2

La delicada situación de Constantinopla

Pipino el Breve, Louis-Félix Amiel, 1837 – Óleo sobre lienzo, Museo de la Historia de Francia, Versalles

El nuevo Papa tenía una cuestión aun más difícil de resolver con el imperio de Oriente, que era el culto de las imágenes. Inmediatamente después de su elección, envió una carta a Constantinopla al nuevo emperador Constantino, hijo y sucesor de León el Isaurio, comunicándole su elección. Los emisarios papales encontraron en la capital del imperio una situación delicada. Al morir León el Isaurio, su hijo Constantino V, Coprónimo, debería sucederle naturalmente. Pero su cuñado Artabasdo, aprovechando su ausencia en Asia Menor, se proclamó emperador. Y para ser reconocido en Occidente, anuló los edictos que prohibían la veneración de las imágenes y dio libertad de culto.

¿Qué hacer ante este hecho consumado? Los emisarios pontificios aguardaron con cautela el desarrollo de los acontecimientos, y poco después, cuando Constantino V recuperó el trono, se presentaron ante él, siendo bien recibidos. Incluso obtuvieron del propio emperador una importante donación en Italia, que compensaba en cierto modo las confiscaciones realizadas por su padre.

Con el fin de garantizar la seguridad del Estado, Constantino dejó inicialmente de lado las cuestiones religiosas para luchar contra los árabes, los búlgaros y los eslavos. Pero luego, en 752, siguió la política de su padre, reanudando la presión iconoclasta. San Zacarías, sin embargo, no vería ese momento.

Secundando a san Bonifacio en la Germania

En 743 san Zacarías convocó un sínodo en Roma, al que asistieron 60 obispos, para tratar diversos asuntos relacionados con la disciplina de la Iglesia, como el impedimento para el matrimonio en el cuarto grado de parentesco, prohibido en la época.

San Bonifacio, un misionero que había sido investido de plenos poderes por el Papa san Gregorio III, estaba entonces trabajando en la reforma religiosa de Alemania y de Baviera. San Zacarías mantuvo un contacto continuo con él, siguiendo muy de cerca su apostolado.

El año 742, poco después de su elevación al trono pontificio, recibió de san Bonifacio una carta en la que expresaba su total sumisión al sucesor de San Pedro y en la que pedía la confirmación de tres nuevas diócesis —Wurzburg, Buraburg y Erfurt— que se habían establecido entonces en Germania.

San Zacarías se dirigió al campamento del rey Rachis, que había sitiado Perugia presionado por sus subalternos. Sus palabras conmovieron tanto al rey que no solo levantó el asedio de la ciudad, sino que concedió la paz a los romanos. Reencuentro del Papa Zacarías con Rachis, el rey lombardo, Francesco Solimena, 1700 – Pinacoteca de Brera, Milán

Cambio de dinastía en Francia

La paz que siguió permitió al Papa remediar los desordenes derivados de la guerra y de las calamidades públicas, reformar las costumbres del clero y del pueblo, y restablecer la disciplina quebrantada.

“La relativa tranquilidad de la que gozaba permitió al Papa interesarse por un asunto de capital importancia en la historia de la Iglesia: la primera reforma de la Iglesia franca, punto de partida de la gran restauración carolingia”.3

El problema era el siguiente: a su muerte, el gran Carlos Martel dejó su cargo de mayordomo de palacio a sus dos hijos, Carlomán y Pipino el Breve: el primero se quedó con Austrasia, Alemania y Turingia; el segundo con Neustria, Borgoña y Provenza. Ambos, educados por monjes benedictinos,  eran sinceramente católicos y deseaban la reforma de las costumbres, ya que los constantes disturbios de la época de Carlos Martel habían afectado nefastamente a la Iglesia en Francia.

El abuso más grave era el nombramiento de laicos para ocupar los obispados y abadías vacantes. Estos se contentaban apenas con recibir las prebendas que el beneficio les aportaba. “También se veía deambular por el país a obispos giróvagos [no vinculados a ninguna diócesis y de costumbres reprobables], que tenían su jurisdicción no se sabe de dónde, además de sacerdotes ordenados por ellos que encubrían, aquí y allá, prácticas supersticiosas y creencias sospechosas”.4

San Bonifacio, obispo de Mainz, corona a Pipino el Breve

Carlomán pidió a san Bonifacio que dirigiera la reforma de la Iglesia en la Francia oriental. En 742 se convocó un sínodo en Austrasia, en el que se decidió convocar regularmente los concilios provinciales, recuperar los bienes robados a las iglesias, degradar a los falsos sacerdotes, a los eclesiásticos adúlteros y fornicadores, excluir a los obispos desconocidos y vagabundos, y reprimir las faltas carnales de monjes y monjas.

De igual modo actuó Pipino el Breve en la Francia occidental. Reunió un concilio en Soissons, del que san Bonifacio fue el alma, llegando a los mismos resultados que el sínodo de Austrasia. Carlomán decidió entonces abandonarlo todo para entregarse a Dios como monje, dejando a Pipino como señor de toda Francia.

Hacía casi cien años que los descendientes de Clodoveo reinaban pero solo nominalmente, porque todo el poder efectivo había pasado a los mayordomos de palacio. Cuando murió Carlos Martel, ya no había rey de los francos. Pipino y Carlomán eligieron entonces a un oscuro descendente de Clodoveo, Childerico III, para dar a la nación una apariencia de normalidad. Pero los francos no se contentaron con esto, porque querían que la corona permaneciera en manos de quien realmente tenía el poder. Pipino, elegido rey, envió dos emisarios a Roma para consultar al Papa al respecto. “Duramente presionado por los lombardos, el Papa Zacarías acogió este deseo de los francos, que pretendía extinguir un orden de cosas intolerable y ampliar las bases constitucionales para el ejercicio del poder real”.5

No se conocen las palabras exactas de san Zacarías en la respuesta que envió a Pipino, ya que fueron dichas en una conversación privada. Pero, según los antiguos Anales de Lorsch, escritos por Eginardo, secretario de Carlomagno, el Pontífice respondió que “era mejor que se llamara rey a quien ejercía el poder que a quien permanecía sin poder real, para que no se alterara el orden”.6 Así, en noviembre de 751, Pipino fue proclamado rey en Soissons. Para dar mayor legitimidad al acto, san Bonifacio lo consagró y ungió.

Los diez años del pontificado de san Zacarías fueron, como se desprende de lo anterior, muy fructíferos. Su acción política en Italia, Francia, e incluso en Constantinopla, trajo un principio de paz, permitiendo el inicio de una reforma de la Iglesia, que el final del siglo VIII debería ver plenamente realizada.

Murió el 3 de marzo de 752, y su fiesta se fijó para el 15 del mismo mes, día de su entierro en la iglesia de San Pedro.

 

Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. III, p. 429.

2. Cf. Juan Bautista Weiss, Historia Universal, Tipografía La Educación, Barcelona, 1927, t. IV, p. 617.

3. E. Amann, Zacharie, Pape, Dictionnaire de Théologie Catholique, Librairie Letouzey et Ané, París, 1924, t. 15, col. 3672.

4. Id. ib., col. 3673.

5. Franz Kampers, Pepin the Short, The Catholic Encyclopedia, CD-Rom edition.

6. E. Amann, op. cit., col. 3674.



  




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