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«Tesoros de la Fe» Nº 165 > Tema “Confesores de la Fe”

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San José de Cupertino

Maravillas de la gracia divina,
indigencias de la naturaleza humana

Desprovisto de cualidades naturales, su nombre habría sido barrido por el viento de la historia si no fuera por su radicalidad en el amor a Dios y el recíproco amor del Creador hacia aquel siervo fiel, imitador del profeta Job

Plinio María Solimeo

Así narra un autor la infancia de nuestro santo: “La naturaleza fue con él una madrastra: no le dio ni riqueza, ni salud, ni talento, ni oro, ni prestigio, ni nobleza… No tuvo ni siquiera una cuna en el momento de venir a este mundo. […] Sus compañeros le despreciaban y todo el mundo se reía de él. Largo tiempo se sostiene entre la vida y la muerte, hasta que un ermitaño le frota con aceite y le sana. Sin embargo, se le sigue mirando como el hombre más desgraciado del mundo, por esa confusión extraña de nuestro lenguaje, pues si en algo sobreabunda aquel niño, era precisamente en la gracia, que iba a sacarle de la oscuridad y del desprecio y a aureolar su frente con las luces inverosímiles de la gloria”.1

El inútil “boca-abierta”

Copertino era una pequeña ciudad del reino de Nápoles, en Italia, entre Brindisi y Otranto, cerca del golfo de Tarento. En ella vivía un piadoso carpintero, tan poco capaz que su nombre no fue retenido por los biógrafos del hijo. En el momento en que su esposa estaba por dar a la luz, la pareja tuvo que huir de los agentes de la justicia que buscaban al carpintero por deudas acumuladas. Fue así que José tuvo la dicha, a semejanza del Niño Dios, de nacer en el establo que les sirvió de refugio, el 17 de junio de 1603.

Al crecer, se vio que el niño, siempre distraído, era incapaz de mantener un diálogo, de sostener algo sin dejarlo caer; en fin, en el aula quedaba pensando en otra cosa, en una actitud que le mereció el apelativo de boca abierta. Nadie podía creer que, por detrás de aquel exterior ridículo y casi idiota, se escondían pepitas de oro que sólo tienen valor en el Reino celestial. 

Su función: celador de la mula conventual

Mal conseguía leer y peor escribir, José pidió a los 17 años de edad su admisión en el convento de los Franciscanos Conventuales, donde tenía dos tíos. Sin embargo, fue rechazado por su apariencia tan desfavorable. Los capuchinos lo aceptaron a modo experimental, pasando él por todas las funciones. Pero José se mostraba tan atropellado, que rompía todo lo que le daban. Cuando atendía la mesa, bastaba mirar al Crucifijo, que daba un grito, soltaba los platos —que se hacían añicos en el suelo— y entraba en éxtasis. Con el pensamiento “en las nubes”, servia el pan negro en vez del blanco, porque “no sabía distinguirlos”. Así, lo terminaron despidiendo descalzo y con lo que llevaba puesto.

 Puerta San José de Cupertino, en su ciudad natal

No bien salió del convento, unos perros le atacaron, dejando su hábito hecho tiras. Andando por los campos, unos pastores lo tomaron por ladrón y lo apalearon. En el camino, fue perseguido por un caballero que lo confundió con un espía.

Al llegar a Copertino en un estado lamentable, ningún pariente quiso recibirlo, por considerarlo un vagabundo; su propia madre (el padre había fallecido) le echó en cara:“Cuando te han arrojado de una casa santa, algo habrás hecho. Ahora sólo te queda la cárcel, el destierro o morirte de hambre”.

Al fin, su progenitora intercedió por él ante los Conventuales, convenciendo a sus hermanos de recibir al sobrino para cuidar al menos de la mula del convento, revestido del hábito de la Orden Tercera de San Francisco.

Sucesivos hechos milagrosos,
posibilitan su ordenación sacerdotal

Poco a poco, sin embargo, los religiosos fueron observando a aquel silencioso joven, y descubriendo brasas que humeaban bajo la áspera ceniza. Siempre alegre, sonriente y aceptando las humillaciones con angélico desapego, su lenguaje revelaba una conmovedora simplicidad de corazón y pureza de alma. Obedecía incontinenti y llevaba una vida de mortificación extraordinaria. Vieron que José tenía verdadera piedad y vocación sacerdotal. Fue admitido a los estudios como postulante.

El estudio fue para él una cruz muy pesada, pues su memoria era débil y, siempre absorbido en las cosas divinas, no conseguía retener hasta el día siguiente una palabra aprendida el día anterior.

La Providencia quería de él amor y no erudición. El obispo de Nardo, que apreciaba su virtud, le confirió, sin dificultad, las órdenes menores y el subdiaconado.

Pero no había remedio: para recibir el diaconado era necesario un examen. Sucede que José, por causa de su devoción a la Madre de Dios, apenas había conseguido retener en la memoria un versículo del Evangelio de San Lucas que meditaba constantemente: “Bienaventuradas las entrañas que te llevaron” (11, 27).

¡Y fue exactamente la que le tocó comentar! ¡Y lo hizo tan espléndidamente, como lo haría el mejor de los teólogos!

Para su ordenación sacerdotal, otra intervención milagrosa: el examinador, viendo que los diez primeros candidatos respondieron brillantemente bien, ¡juzgó inútil examinar a los demás!

Luchas y visiones

A partir de su ordenación sacerdotal, José pasó a “considerarse como exiliado del paraíso, y como condenado a habitar una tierra de enemigos. Por eso él se propuso combatir, y, por la lucha, llegar al cielo”.2

Para eso ayunaba y se flagelaba, pasando varios días sin alimento, sólo con la Sagrada Eucaristía.

El demonio lo agredía ora físicamente, ora le insinuaba pensamientos de avaricia o de apego a algún objeto, intentando vencer su virtud. El combate era tan obstinado que más tarde el santo comentó: “No sospechaba que la trama de las redes del diablo fueran tan sutiles. Ahora comprendo perfectamente que el mérito de la pobreza no está precisamente en no poseer nada, sino en no tener afecto a las cosas de la tierra”.3 José gozaba sin embargo de la compañía de los ángeles, viéndolos muchas veces personalmente y con ellos conversando como de amigo a amigo. Su devoción al misterio de la natividad de Nuestro Señor era profunda. Muchas veces el Niño Jesús se le aparecía. Tomándolo en los brazos, lo acariciaba y le decía las palabras más tiernas que podía concebir.

Comenzó para San José de Cupertino, después de dos años de terribles pruebas, una serie de éxtasis tan extraordinarios, como difícilmente se oyera narrar antes y después de él en las vidas de santos. Bastaba oír el nombre de Jesús o de María, que él daba un grito y, literalmente, volaba rumbo al objeto amado. Si estaba en la iglesia, volaba hacia el altar de la Virgen o del Santísimo. Si en el jardín, a la copa de un árbol, permaneciendo arrodillado en la punta de una de sus ramas como si fuese el más leve pajarito.

En Roma, cuando se encontró frente al Vicario de Cristo, entró en éxtasis, quedando suspendido en el aire durante la audiencia, hasta que el superior le ordenara en nombre de la obediencia que volviera en sí.

Ovejas acompañan la Letanías…

Verdaderamente imbuido del espíritu de San Francisco, ocurrieron con él innumerables hechos dignos de figurar en las Florecillas del Poverello de Asís. Cierta vez, por ejemplo, faltando los agricultores a la capilla rural para las Letanías, por causa de la cosecha, vio a lo lejos rebaños que pastaban. Dirigiéndose a los animales, el santo exclamó: “Ovejitas de Dios, venid aquí a honrar a la Madre de mi Dios, que es también vuestra”. Dejando atrás pasto y crías, acudieron en tumulto al llamado de José, siendo que naturalmente no podían haberle oído debido a la distancia. Entrando en la capilla, todas cayeron de rodillas y a las invocaciones de las letanías dirigidas por el santo, respondían con un largo balido.

Otra vez, habiendo una peste diezmado a los rebaños, se dirigió, a pedido de los campesinos, de oveja en oveja muerta, ordenándoles que se levantaran en nombre de Jesús. Y todas volvieron a la vida.

A las monjas clarisas de su ciudad, mandó que un pajarito les cantase durante el oficio para incitarlas a hacerlo bien.

Consejero de los grandes de este mundo

El duque Juan Federico de Brunswick y Hannover, entonces protestante y con 25 años de edad, por mera curiosidad, obtuvo del Padre Guardián de Asís el favor de asistir a una misa del “santo que volaba”. A José no le avisaron de nada. A la hora de partir la Hostia, extrañamente no conseguía hacerlo, pues esta ofrecía resistencia. Afligido, con los ojos bañados en lágrimas, el santo levitó algunos palmos arriba del suelo, y en esa posición retrocedió algunos pasos, dirigiendo a Dios una fervorosa súplica. Pudo después partir la Hostia con su acostumbrada facilidad.

El duque quiso saber el motivo del sucedido. José le replicó a su superior: “Me habéis traído gente que tiene el corazón muy duro y que se obstina en no creer lo que la Santa Madre Iglesia enseña. Esta es la causa de que el Cordero sin mancha se haya endurecido en mis manos, de forma que no podía dividirlo”.

Después de obtener un permiso para conversar y recibir consejos del santo, el duque fue testigo de un nuevo milagro. Durante otra misa del santo, vio en la Sagrada Hostia, durante la elevación, una cruz negra. Fray José soltó un grito, y permaneció suspendido en el aire mientras decía mirando la cruz: “Señor, esta obra es vuestra, no quiero sino vuestra gloria. Tocad y ablandad, Señor, a ese corazón. Haced que sea digno de vuestra Divina Majestad”. Su oración fue aceptada, pues el duque de Brunswick se convirtió.4

Fray José llegó a un tal grado de discernimiento de los espíritus, que parecía leer los corazones. Veía frecuentemente a las personas bajo la forma del animal que representaba el estado de su alma. Sentía también los olores del pecado o de la virtud, de manera que, aproximándose a un pecador, le decía: “Hueles mal. Anda a confesarte”.

 Reliquias de San José de Cupertino

Santidad atrae multitudes,
a pesar de los obstáculos

En una época en que la herejía de Lutero intentaba fuertemente penetrar en los países católicos, el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición vigilaba cualquier anormalidad. En vista de las grandes muchedumbres que atraía fray José de Cupertino, juzgó prudente, de acuerdo con el Papa, retirarlo a un convento menos conocido, donde él debería vivir prácticamente recluido. Le fue prohibido hablar con cualquier persona fuera de los religiosos del convento e incluso escribir cartas a quienquiera que fuese.

Todo fue inútil. Aunque el convento estaba construido en la parte más escarpada de una montaña, eso no impidió que una multitud creciente allí se dirigiera “para ver al santo”, de tal modo que en las cercanías comenzaron a surgir hospederías y comercios para atender a los peregrinos. Fray José fue entonces transferido a otro convento y así sucesivamente, hasta llegar al de Osimo, donde predijo que terminaría sus días. Lo cual ocurrió pocos años después, el 18 de setiembre de 1663. El enjambre de personas que pasó a frecuentar su tumba mostraba su fama de santidad. 

Notas.-

1. Fray Justo Pérez de Urbel, O.S.B., Año Cristiano, Ediciones FAX, Madrid, 1945, 3ª edición, vol. III, p. 642.

2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, par Mgr Paul Guérin, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, t. XI, p. 223.

3. Edelvives, El santo de cada día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1955, t. V, p. 184.

4. Edelvives, op. cit., p. 187-188.



  




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