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«Tesoros de la Fe» Nº 14 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Jerónimo Emiliani

Convertido y penitente, modelo de caridad


Dios quiso servirse del extraordinario espíritu de penitencia de un pecador para hacer germinar una prodigiosa obra de amparo a los pobres, huérfanos y enfermos, así como de recuperación de mujeres de mala vida


Plinio María Solimeo


Para oponerse a las nefastas influencias del Renacimiento y del protestantismo en el siglo XVI, la Providencia suscitó una pléyade de grandes santos que actuaron en los más variados campos de la actividad humana. Uno de ellos fue San Jerónimo Emiliani, patricio y miembro del Senado de Venecia, militar brillante y valeroso, que dejó todo para amparar y dar formación cristiana a los huérfanos de las innumerables guerras y pestes de aquel tiempo. Su fiesta se conmemora el 8 de febrero.

Oriundo de una familia noble que había dado ya ilustres miembros a la Iglesia, al Senado y a las armas de la Serenísima República de Venecia, Jerónimo nació en aquella ciudad marítima en 1481. Su padre, senador, tenía poco tiempo para dedicar a su educación, que fue confiada a su madre. Piadosa y dulce, Doña Eleonora supo infundir en el corazón del niño profundas semillas de Religión, que más tarde darían fruto.

Pero fue el noble amor a las armas, heredado de sus antepasados, que tuvo la preferencia del pequeño Jerónimo, de tal suerte que ya a los quince años, poco después de perder al padre, se alistaba en el ejército de la aristocrática república veneciana.

Participando de varias batallas, fue siempre notado por su valor y brío militar. Pero lamentablemente sufrió la mala influencia de la vida licenciosa, ya entonces común en cuarteles y campamentos. Malas amistades lo ayudaron a deslizarse insensiblemente por la rampa del vicio, y Jerónimo se entregó a muchos excesos. Uno de ellos fue el de la ira, que fácilmente desembocaba en verdadero furor. Si no cayó más bajo fue porque, aspirando a los más altos cargos en Venecia, necesitaba tener una conducta honrosa.

El continuo llamado de las armas no le permitió formar un hogar. O mejor dicho, Dios no lo permitió, porque tenía designios sobre él.

En la cárcel, oye la voz de Dios

Contaba Jerónimo con 28 años cuando, en 1508, los venecianos se levantaron en armas contra la Liga de Carribray, formada por el Papa y por los Reyes Luis XII de Francia, Maximiliano de Alemania y Fernando el Católico, de España. A él le fue confiada la difícil defensa de Castelnuovo. Viendo la desproporción entre los dos ejércitos, el gobernador de la ciudad huyó, dejando todo el peso de la defensa en manos de Jerónimo. Este se negó a rendirse y luchó denodadamente hasta el límite de la resistencia, cayendo finalmente prisionero.

Según la costumbre del tiempo, fue encarcelado en una torre, cargado de cadenas en el cuello, brazos y pies. Lo peor, sin embargo, era la perspectiva de muerte y el lento transcurrir del tiempo. En las interminables horas en que yacía en la cárcel, la gracia fue produciendo frutos en su alma, y Jerónimo comenzó a acordarse de las enseñanzas de piedad y virtud recibidas cuando niño, y del buen ejemplo de su madre y hermanos.

Consideró la vida desordenada que llevaba, tan apartado de Dios, y terminó por juzgar que el castigo que le fuera infligido era bien merecido. Pidió a Dios, por la intercesión de Nuestra Señora de Treviso, que lo aceptase como expiación y le diese una oportunidad de reparar condignamente la vida pasada.

Auxiliado por la Virgen, huye de la prisión

Algo extraordinario ocurrió entonces. Se le apareció la mismísima Virgen María, que le dio las llaves de sus cadenas y del calabozo. Lo auxilió a salir de la prisión sin ser visto y a atravesar el campo enemigo, para llegar a Treviso. Allá, en el altar de la Virgen, Jerónimo dejó las cadenas y las llaves que le habían sido milagrosamente entregadas. Quiso que ese acto fuese registrado por un notario público, y después pintado por uno de los famosos pintores de Venecia.

Comenzó para Jerónimo Emiliani una guerra mucho más ardua y sin cuartel que todas las otras: la lucha contra sus propios defectos. En busca de auxilio, tomó a un piadoso sacerdote como director espiritual y recurrió con frecuencia a los Sacramentos. Se postraba ante un Crucifijo y le suplicaba: “Oh Jesús, no seáis un Juez para mí, sed antes mi Salvador”. O, como San Agustín: “¡Señor, sed para mí verdaderamente Jesús! Vos sólo podéis ser mi Salvador”.

Poco a poco fue controlando sus pasiones, sobre todo la ira, por el ejercicio de la docilidad y paciencia. Adquirió así la verdadera humildad y mansedumbre de corazón, volviéndose el hombre más afable y pacífico de Venecia.

El Senado de la Reina del Adriático —como era conocida Venecia— para recompensarlo por su valor en la defensa de Castelnuovo, lo nombró gobernador de esa ciudad. Pero él tuvo poco tiempo para ejercer ese cargo, pues necesitó tomar sobre sí la tutela de sus sobrinos, que el repentino fallecimiento de su hermano dejó huérfanos. Habiéndoles asegurado una buena educación y unas rentas de acuerdo con su alta categoría, quedó por fin libre para cumplir lo que había prometido.

Jerónimo Emiliani ya no era el mismo. Había renunciado a todos los cargos y comodidades de la vida, incluso las más legítimas, a las bellas ropas, y afligía su cuerpo con ayunos y penitencias extraordinarios, pasando largas horas en oración y empleando el tiempo libre en socorrer a los pobres y enfermos.

En 1528 una gran carestía asoló a Italia, con hambre general. Todos los días la muerte cobraba innumerables víctimas. Para socorrerlas, Emiliani vendió hasta sus propios muebles, transformando su casa en hospital.

Al hambre le sucedió una enfermedad contagiosa, que causó mucho más víctimas. Jerónimo fue alcanzado tan fuertemente, que llegó a recibir los últimos sacramentos. Pero pidió a Dios la salud para poder, mediante una penitencia más amplia, reparar su vida pasada. Fue oído, y redobló de celo en el amor a Dios y al prójimo.

Orfanato: obra precursora de una familia religiosa

El hambre y la peste habían dejado un gran número de huérfanos, que vagaban por las calles reducidos a la mendicidad y expuestos a los peores vicios. El santo comenzó a recogerlos en una casa que había comprado para ese fin; buscó maestros para enseñarles algunos oficios, y proveyó sobre todo por la salud de sus almas. Hacía con ellos las oraciones de la mañana y de la noche. Los llevaba a asistir a la Misa diariamente y a alternar el trabajo manual con momentos de silencio, el cántico de letanías y otras oraciones. Los hacía confesarse una vez al mes, y en los días de fiesta los llevaba, a todos vestidos de blanco, a visitar los principales santuarios de Venecia, cantando letanías por las calles y plazas. Toda la ciudad veía emocionada a aquel que fuera un caballero tan brillante, ahora transformado en el padre de los huérfanos.

La caridad de Jerónimo Emiliani no circunscribiéndose a Venecia, pronto alcanzó también a Bérgamo, Brescia, Como y Somasca. Ya en ese tiempo había recibido la ordenación sacerdotal, y a él se habían unido dos santos sacerdotes más, que a su ejemplo distribuyeron a los pobres todo cuanto poseían, para abrazar la pobreza voluntaria.

Congregación y después Orden de amparo a la pobreza

Jerónimo pensó pronto en fundar una congregación regular para dar más estabilidad a su obra. Escogió para eso a Somasca, entre Milán y Bérgamo, para establecer la casa-madre y el seminario. De ahí vino el nombre por el cual quedaron conocidos, Clérigos Regulares de Somasca. El santo escribió los primeros reglamentos para esa congregación, el fundamento de los cuales era la santa pobreza, que debería manifestarse en todas las cosas, desde el hábito hasta el mobiliario de la casa. Durante las comidas habría la lectura espiritual. Observarían el silencio y las mortificaciones de la regla. La finalidad principal de los Clérigos Regulares era la instrucción de los niños y de jóvenes eclesiásticos.

En Bérgamo, el santo se propuso también reconducir hacia el buen camino a las mujeres perdidas, que él había convertido. Obtuvo que fuesen cerradas las casas que servían para su libertinaje. Al aumentar el número de las arrepentidas, las reunió en una casa especial, con una regla de vida, para que perseverasen en los buenos propósitos.

Procesión de una reliquia de la Santa Cruz en la Plaza de San Marcos, Venecia, Gentile Bellini, 1496. En esa misma época, San Jerónimo, con quince años, se alistaba en el ejército de esa república aristocrática.

Un Papa y un santo defienden a Jerónimo Emiliani

Su congregación fue aprobada como Orden religiosa por el Papa Paulo III, gran amigo de Jerónimo. Ese Pontífice, juntamente con San Cayetano de Tienne, era uno de sus más ardorosos defensores y benefactores.

Viendo el bien que el santo hacía, el Senado de Venecia le ofreció la dirección del hospital de los incurables, que Jerónimo aceptó por la oportunidad que le daba de asistir a muchos enfermos terminales. Cuando se veía sin recursos materiales para acudir a tantas iniciativas, escogía a cuatro de sus huerfanitos con menos de ocho años de edad, por lo tanto más inocentes, para hacer violencia al Cielo con sus oraciones.

Mientras tanto, la fama de santidad de Jerónimo le atraía a muchos donantes y nuevos miembros para su Congregación.

Último acto de caridad en una epidemia

Aunque contase con poco más de 55 anos, Jerónimo tuvo cierta premonición de que su fin estaba próximo. Se propuso entonces consolidar su obra, visitando todas las casas de la Orden. Iba siempre a pie y no tomaba otro alimento sino pan y agua.

Una terrible peste afligió a Bérgamo, cobrando innumerables víctimas. Hacia allá acudió Jerónimo Emiliani con el mismo ardor de siempre. Contrajo también la peste y vio que sus días estaban contados. Alegre, repetía con San Pablo: “Quiero la muerte, para vivir con Cristo”. Reunió a sus discípulos para los últimos consejos. Los benditos nombres de Jesús y de María no se apartaban de sus labios.

Finalmente, el día 8 de febrero de 1537, habiendo recibido los últimos Sacramentos, entregó su alma a Dios, a la edad de 56 años.

Pío XI lo proclamó patrono universal de los niños huérfanos y abandonados.     


Fuentes de referencia.-

  • Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, par Mgr. Paul Guérin, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, t. VIII, pp. 528-534.
  • P. Jean Croisset, Año Cristiano, traducción al castellano del P. José Francisco de Isla, Madrid, Saturnino Calleja, 1901, t. III, pp. 216-217.
  • Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones FAX, Madrid, 1945, t. III, pp. 159-162.
  • Edelvives, E1 Santo de cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1948, t. IV, pp 201-209.
  • D. Próspero Guéranger, El Año Litúrgico, Editorial Aldecoa, Burgos, 1955, t. IV, pp. 617-622.


  




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