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«Tesoros de la Fe» Nº 169

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¿Por qué existe el mal?

Uno de los problemas que más angustiaron a la humanidad en todos los tiempos, y que solo encuentra una solución satisfactoria con el Cristianismo, es el de la existencia del mal. ¿De dónde procede el mal? ¿Cómo pueden la bondad y la omnipotencia de Dios conciliarse con la existencia del mal? ¿Si Dios podía impedir el mal y no lo quiso impedir, dónde está su bondad? ¿Y si Dios quería impedir el mal y no puede, dónde está su omnipotencia? En ambos casos, ¿dónde está su Providencia?1

Gustavo Antonio Solimeo

Luis Sergio Solimeo

Los antiguos pueblos paganos, compelidos por dos realidades aparentemente irreconciliables —por un lado, la bondad y la omnipotencia de Dios, y por otro, la existencia del mal—, para evitar el absurdo de atribuir al ser bueno por excelencia (Dios) el origen del mal, cayeron en otro absurdo, que es el de suponer la existencia de dos dioses: un dios bueno, creador del bien, al lado de un dios malo, que sería el creador del mal.

Caída de los ángeles malos

Caída de los ángeles malos, Gustavo Doré. Cuando los ángeles pecaron y cuando los hombres pecan, hacen un uso desviado de su propia libertad

Esa concepción —conocida en filosofía como dualismo— es tan absurda como si, para explicar la noche y el frío, se admitiera la existencia de un sol negro y gélido, distinto del sol radiante y caluroso, fuente del día y del calor. Como es evidente, es el mismo y único sol que da origen al día cuando nace y provoca la noche cuando se oculta; que calienta cuando está próximo de la tierra y hace que surja el frío cuando se aleja de ella.

Así también, no es necesario imaginar dos principios antagónicos —o sea, dos dioses— para explicar el origen del mal. Lo que es necesario, ante todo, es determinar la naturaleza del mal, para después indagar cuál es su origen.

El dualismo yerra no solamente al concebir que el Universo tiene dos causas­ primeras, contradictorias entre sí —una que origina el bien y otra el mal—, sino también al tomar el mal como si fuese un ser, una cosa que existe por sí misma.

Ahora bien, enseña San Agustín que: “El mal no tiene naturaleza alguna, sino que la ausencia del bien recibió el nombre de mal”.2 O bien, en las palabras de Santo Tomás de Aquino: “En esto consiste la esencia del mal: la privación del bien”.3

El mal no es, por lo tanto, una cosa, y sí la falta de alguna cosa. Por eso, el mal no existe por sí mismo, sino apenas como deficiencia, como privación de algo. Luego, no fue creado por nadie.

Sin embargo, no es cualquier privación que causa el mal, sino solamente la privación de algo que es propio, necesario por naturaleza a la integridad de un determinado ser. Por ejemplo, la privación de la capacidad de volar no constituye un mal para el hombre, una vez que volar no es propio de su naturaleza; en cambio la privación de la vista es para él un mal, pues ver es propio de la naturaleza humana.

¿De dónde procede esa posibilidad de que una criatura sufra la privación de un bien que es propio de su naturaleza? En otros términos, ¿cuál es la raíz primera, el origen, aquello­ que hace posible el mal?

Dios hizo a todas las criaturas buenas; no obstante, no podría haberlas dotado de una perfección infinita, absoluta, pues la perfección absoluta sólo es posible en el Ser infinito, o sea, en el propio Dios. Para hacer criaturas dotadas de una perfección absoluta, Dios tendría que crear otros dioses, lo que es absurdo; luego, solo podía crear seres finitos, limitados; por lo tanto, imperfectos, sujetos a privaciones.

En esa limitación inherente a la condición de criatura es que los filósofos, siguiendo a San Agustín, ven la raíz primera del mal.

De ahí resulta que la única manera de evitar el mal sería que Dios no hubiera hecho la Creación, pues toda criatura es necesariamente limitada.

El mal puede ser considerado bajo diversos aspectos, de acuerdo con la privación que lo causa.

Si ocurre la privación de un bien físico o de la naturaleza inanimada, tenemos el mal físico o natural; si la privación se refiere a un bien moral o a una perfección espiritual, estamos frente al mal moral.

El mal físico comprende todos los desórdenes de la naturaleza inanimada: terremotos, inundaciones, incendios; y en particular, los desórdenes de las criaturas sensibles: el sufrimiento, las enfermedades y la muerte. El mal moral comprende los desórdenes de la vida moral: el pecado, el vicio, la injusticia, la violación de las leyes establecidas por Dios.

¿Por qué Dios permite el mal?

Dios hizo a todas las criaturas buenas

Dios hizo a todas las criaturas buenas, no obstante no podría haberlas dotado de una perfección infinita, absoluta, pues la perfección absoluta sólo es posible en el Ser infinito, o sea, en el propio Dios

¿Por qué Dios permite las catástrofes más o menos frecuentes, las enfermedades, la muerte, en fin? ¿Cómo puede un padre dejar sufrir así a sus hijos? ¿No tiene Él poder para impedir el mal? Y si no le falta poder, ¿dónde está su bondad, si no lo impide?

Santo Tomás enseña que Dios no permite el mal físico sino de un modo completamente accidental, como ocasión para que los justos ejerzan la virtud de la constancia, practiquen la caridad con los menos favorecidos o enfermos, etc. Por otro lado, Él desea algunos males físicos como pena debida al pecado, como forma de restablecer la justicia ultrajada por las faltas voluntarias.

Con relación a la muerte, lejos de ser el término de la vida, es el paso para una nueva vida, donde la felicidad es completa, sin mezcla de sufrimiento, y donde se alcanza el Sumo Bien, que es el propio Dios.

En cuanto al mal moral o pecado, Dios no puede quererlo ni siquiera indirectamente; pero Él puede sacar, como del mal físico, algún bien. Por ejemplo, del pecado del perseguidor la manifestación de la constancia de los mártires.

La posibilidad del mal moral —enseñan los filósofos— es al mismo tiempo la consecuencia de un gran bien, la libertad; y la condición de un bien aún mayor, el mérito.

Las criaturas racionales (los ángeles y los hombres), por ser dotados de inteligencia, poseen el libre albedrío, la libertad de escoger entre bienes posibles. La capacidad de libre elección resulta de la naturaleza inteligente de esos seres, del conocimiento que ellos tienen de sus propias acciones como de sus fines últimos y de los medios para llegar a ellos. La libertad, incluso imperfecta, es la más bella prerrogativa del ser racional; es pues digno de la bondad divina haberla concedido.

Dios no podía suprimir en el ángel y en el hombre la posibilidad de que hagan el mal, a no ser negándoles la libertad o dándoles una libertad incapaz de fallar. En la primera hipótesis, ellos quedarían rebajados al nivel de los irra­cionales, lo que sería indigno de cria­turas espirituales; en la segunda, ellos se volverían iguales a Dios, lo que es ­absurdo.

Dios quiere que la criatura racional observe sus leyes, no como el animal desprovisto de razón, que actúa siguiendo los meros instintos, sino moralmente y meritoriamente; ahora bien, sin la posibilidad del mal moral, no habría mérito en la práctica del bien, pues no hay mérito sino cuando se hace el bien pudiendo no hacerlo.

Dios quiso que los ángeles y los hombres fueran los agentes de su propia felicidad o se hicieran responsables de su propia desgracia, escogiendo por sí mismos si colaboraban o no con la gracia divina.

Cuando los ángeles pecaron y cuando los hombres pecan, hacen un uso desviado de su libertad. Dios, no obstante, no cohíbe la libertad de sus criaturas racionales en razón de su uso desviado, porque es propio de Él crear y no destruir; sería contrariarse a sí mismo hacer criaturas libres y después cohibirles la libertad cuando la usan mal. Por otro lado, la existencia de seres racionales no libres es absurda.

El mal, consecuencia del pecado

La expulsión de Adán y Eva del Paraíso

La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, Benjamin West, 1791 – Óleo sobre lienzo, National Gallery of Art, Washington

A estas consideraciones de orden filosófico, el Cristianismo añade los datos revelados por Dios. Estos no solamente confirman los descubrimientos de la razón, confiriéndoles una certeza absoluta, sino que, yendo más allá, nos dan los medios para saber con seguridad aquello que de otro modo no pasaría de mera suposición: cómo el mal se manifestó concretamente entre los ángeles y los hombres.

El Cristianismo rechaza toda y cualquier forma de dualismo: todo cuanto existe proviene de un sólo y único principio, puro y bueno.

Siendo Dios sustancialmente bueno y santo, todo cuanto proviene de Él tiene que ser, necesariamente, bueno en sí mismo. Por eso, todas las criaturas, en sí mismas, son buenas y aptas para los propósitos del Creador.

Así, leemos en el primer libro de la Biblia: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gén 1, 31). El libro del Eclesiástico añade: “Las obras del Señor son todas buenas, y Él provee oportunamente a cualquier necesidad” (Ecli 39, 33). Y el libro de la Sabiduría explicita: “Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera y las criaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra” (Sab 1, 13-14).

Dice aún la Escritura que “de la soberbia se derivaron todas las clases de perdición” (Tob 4, 14).

Una parte de los ángeles se rebeló contra Dios y fue expulsada del Cielo, transformándose en demonios; del mismo modo, nuestros primeros padres desobedecieron al Creador con el pecado original y perdieron el estado de inocencia y de integridad, siendo expulsados del Paraíso terrenal.

A consecuencia del pecado original, hubo una debilitación de la naturaleza humana, quedando el hombre más vulnerable a las pasiones y seducciones del demonio, y más inclinado al pecado; en castigo por ese mismo pecado, Dios permitió que el sufrimiento se abatiera sobre el hombre y la tierra se le volviera ingrata. En el Génesis, después de la narración de la primera desobediencia, siguen las palabras del Creador al primer hombre: “Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí, maldito el suelo por tu culpa; comerás de él con fatigas mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas” (Gén 3, 17-18). Y el inspirado autor del Eclesiástico escribe, en una alusión al pecado original: “Por la mujer empezó el pecado y por su culpa todos morimos” (Ecli 25, 24).

El apóstol San Pablo resume magníficamente esa doctrina sobre el pecado original, en los siguientes términos: “Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… […] Pues la paga del pecado es la muerte” (Rom 5, 12; 6, 23).

En virtud de la Redención operada por Jesucristo, sin embargo, el sufrimiento y la muerte pueden ser aprovechados por el hombre como un medio de perfeccionamiento moral, de santificación. Es así que el mismo San Pablo exclama: “La muerte ha sido absorbida en la victoria (de Cristo). ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” Y prosigue: “¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor” (1 Cor 15, 54-58).

Esta esperanza es la que nos da fuerza para luchar contra la acción del mal en nosotros mismos y en el mundo. Y es la doctrina a respecto del pecado original que nos esclarece cuanto al origen histórico del mal y al verdadero sentido de su presencia en el mundo. De lo contrario, el “misterio de la iniquidad” (cf. 2 Tes 2, 7) quedaría insoluble y nos lanzaría en la desesperación de la incomprensión y de la rebeldía. 

Notas.-

1. In Ángeles y demonios – La lucha contra el poder de las tinieblas, Artpress, São Paulo, 1996, II, c. 1.

2. De civitate Dei., 11, 9.

3. Suma Teológica, I, q. 14, a. 10.



  




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