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«Tesoros de la Fe» Nº 37

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Yo, obispo exorcista


Mons. Andrea Gemma: la acción diabólica “es más nefasta de lo que se pueda pensar”


En un reciente libro, el obispo de Isernia-Venafro, en Italia, describe sus experiencias de exorcista y las sorprendentes conclusiones a que fue llevado durante una década de práctica del Exorcistado.


Santiago Fernández


En la mañana del 29 de junio de 1992, el nuevo obispo de Isernia-Venafro, Mons. Andrea Gemma, salía de la Basílica Vaticana, mirando pensativo hacia la Plaza de San Pedro. Las palabras de San Mateo, “las puertas del infierno no prevalecerán” (Mt. 16, 18), resonaban en su espíritu con un atractivo sobrenatural. Y le inspiraban graves consideraciones: 1) la acción del demonio no sólo no disminuyó, sino que se multiplicó; 2) el demonio es consciente de que dispone de poco tiempo; 3) Nuestro Señor Jesucristo dio a la Iglesia un enorme poder contra Satanás; 4) para no ser derrotado, el demonio hace de todo para actuar en silencio; 5) llegó el momento de desenmascarar la acción insidiosa de Lucifer y enfrentarlo con la frente erguida, con las armas que la Iglesia dispone (pp. 11-12).1

¿Por qué no se habla de la necesidad del exorcismo?

Volviendo a su diócesis, a 170 Km. de Roma, Mons. Gemma decidió poner en práctica el mandato divino “expulsad los demonios” (Mt. 16, 17). Porque, explica él, para el obispo, exorcizar “no es una elección, es una obligación” (p.21). Y cita al exorcista oficial de Roma, el padre Gabriele Amorth: “Un obispo que no establece por lo menos un exorcista en su diócesis no está exento de pecado mortal por grave omisión” (p. 24).

El resultado fue sorprendente. El poder del infierno se le reveló en todo su horror y en toda su extensión. “Cuántas veces —escribe él—, en mis coloquios cotidianos, frecuentemente difíciles, con los enfermos de todo tipo, esta verdad se colocaba delante de mí: «¿Por qué no nos hablaron antes de estas cosas? ¿Por qué no nos alertaron con una adecuada instrucción? ¿Por qué no nos preservaron a nosotros, grey de Cristo, de la devastación de los lobos hambrientos?»” (p. 113).

“Si todos los obispos fuesen como usted, estaríamos completamente vencidos, e inmediatamente” (p. 12), le gritó un demonio por intermedio de una mujer posesa, añadiendo en otra ocasión: “[pero] ustedes son pocos” (p. 62).

Poder de la promesa de Nuestra Señora en Fátima

En 1992, el prelado publicó la pastoral Las puertas del infierno no prevalecerán. En ella, alertaba: “La acción infestante y oscura de Satanás [...] está, créanme, más difundida y es más nefasta de lo que se pueda pensar” (p. 15). En la pastoral, Mons. Gemma convocó a la diócesis a “una lucha sin cuartel, concertada y eficaz contra el mal y sus artes” (p. 16). El obispo promovió oraciones públicas que congregaban a multitudes venidas de muy lejos. El Maligno se exteriorizaba visiblemente, y aquellos que sufrían alguna acción diabólica eran llevados a la sacristía para ser objeto de exorcismos específicos.

El obispo no imaginaba que su pastoral daría la vuelta al mundo, siendo traducida a varios idiomas. Cartas, periódicos, personas de toda Italia y hasta del exterior, apelando a su socorro porque sentían alguna acción diabólica o estaban posesas, le mostraron que muchos fieles estaban esperando algo del género.

En los exorcismos, Mons. Gemma pudo constatar el enorme poder de Nuestra Señora y de la Iglesia sobre las potencias del abismo: “Si quiero ver al demonio realmente furioso, basta echarle agua bendita, pronunciando esta mi dulce certeza: «por fin, el Corazón materno de María triunfará». «¡¡¡Sí!!!», me responde, siempre rechinando los dientes. Pero algunas veces añade un desafío: «en este intermedio, a cuántos llevaremos con nosotros»...” (p. 63).

Mons. Gemma interrogó varias veces a los demonios poseedores:

— “Vosotros, que vejáis a vuestras víctimas, ¿sacáis algún provecho o alivio de ello?

— No, por el contrario, nosotros sufrimos un mayor agravamiento de nuestras penas.

— Y, entonces, ¿por qué lo hacéis?

— Por odio, por odio, por odio” (p.61).

Imagen del Arcángel San Miguel, que lideró la lucha contra Lucifer en el Cielo

La Iglesia en crisis no usa de sus armas

El obispo buscó inspiración en los textos del Vaticano II, y he aquí sus conclusiones: “Id y hojead todos los documentos del Concilio Vaticano II, [...] verificad si se habla, y cuántas veces, del demonio y de sus obras. ¿Sabíais que en aquellos dieciséis documentos, pensados y ponderados, no existe siquiera la palabra inferno, ni la palabra demonio? Increíble, pero verdadero, basta verificarlo...” (p. 88).2

Él se volcó sobre los textos litúrgicos antiguos y nuevos. Y quedó estupefacto: “Siempre lamenté que en la reforma de la Misa se haya sacado aquella oración a San Miguel [Exorcismo Breve], que León XIII, no sin inspiración de lo alto, quiso que fuese recitada al final de cada celebración. ¡Muchas veces el demonio, por la voz de los posesos, hizo saber que gustó muchísimo de esa abolición! [...] ¿Qué es lo que sugirió y sugiere evitarse lo más posible, en los textos litúrgicos, la mención a Satanás, a sus nefastas intervenciones, a las consecuencias de su acción destructiva? Quien pueda, que me responda. Y con argumentos válidos, por favor. [...] Hoy la obra asesina del demonio es más evidente que nunca [...]. Entonces, no solamente no era el caso de expurgar las fórmulas deprecatorias e imprecatorias, sino de multiplicarlas y reforzarlas. Sin embargo, lamentablemente no fue así” (p. 27).

El ambiente laicizado moderno: victoria del demonio

Mons. Gemma advirtió que las historias de los que padecen maleficios y de los posesos eran muy parecidas. Es inmensa, dice él, la cantidad de ocasiones que el contexto actual ofrece a las serpientes infernales para apoderarse de sus víctimas.

El rock, además del uso de la droga, representó un importante factor en la IV etapa de la Revolución anti-cristiana. El conjunto de rock “The Rolling Stones” (gira de presentación de su disco “Voodoo Lounge”, 1994).

“La mayor victoria del diablo consiste en convencer a los hombres de que él no existe”. Esta verdad indiscutida llevó al prelado a la conclusión de que el ambiente moderno sirve de guante ideal para las garras infernales. En todo momento, ese ambiente sugiere que no existe Dios ni demonio, ni Cielo ni infierno. Y los espíritus malignos atacan e invaden los cuerpos de sus víctimas de innumerables maneras. Hay cultos satánicos explícitos. Pero también implícitos, como ciertas técnicas de meditación y algunas terapias alternativas, supersticiones o modas tipo New Age (Nueva Era) o músicas tipo rock and roll.

¿Cómo es que la humanidad engendró ese ambiente engañosamente neutro y materialista, sin embargo tan útil para los espíritus de las tinieblas?

La Revolución genera un ambiente propicio para la acción diabólica

Mons. Gemma da una esclarecedora explicación histórica. Ella se aproxima mucho de la denuncia del proceso revolucionario que el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira formula en su obra magistral Revolución y Contra-Revolución. No descartamos que el culto obispo italiano haya sacado de ella alguna inspiración: “La laicización de nuestra sociedad es el fruto de un largo y complejo proceso que duró cerca de cinco siglos, y que se desarrolló en tres etapas fundamentales, tres revoluciones en el campo cultural y social, pero con lances también cruentos, que llevaron a la gradual transformación del mundo antiguo, tradicional, para dar en la sociedad actual, post-moderna y secularizada”.

Mons. Gemma describe esas sucesivas revoluciones: primero, la revolución protestante, que causó un gran desgarramiento de la sociedad cristiana medieval; segundo, el Iluminismo y la Revolución Francesa; tercero, la Revolución comunista marxista. Por fin, añade, una cuarta etapa o Revolución: la del movimiento estudiantil de los años 60, que contestó la familia, generalizó el uso de la droga, propugnó la liberación de los vínculos morales, y sobre todo se rebeló contra toda autoridad. Ese proceso generó una sociedad y una cultura que tendencialmente seducen a los hombres para la idea de que Dios y la religión son cosas absurdas (pp. 113 y ss).

Hay los que se dejan llevar por esa influencia, enseña Mons. Gemma. Pero hay también los que reaccionan de un modo exasperado y caen en la exageración opuesta: las nuevas y engañosas formas de religiosidad. Todos ellos son fáciles presas de Lucifer.

Escultura medieval: La Virgen defiende al monje Teófilo (siglo VI) de la acción diabólica

Armas para derrotar a los demonios

Mons. Gemma exhorta a los fieles a recurrir a las armas que vencen al demonio: la Fe, los Libros Sagrados, el ayuno, los sacramentos. Y, sobre todo, la oración por medio de Nuestra Señora, la “enemiga eterna de Satanás” (p. 16). Entre las oraciones específicas, él recomienda la renuncia formal a Satanás, como se hace en la renovación de las promesas del Bautismo, y el exorcismo breve: “San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Reprímale, oh Dios, pedimos suplicantes; y tú, príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno, con el Divino Poder, a Satanás y a los otros espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén” (p. 17).

Y recomienda también no dejarse seducir por el ambiente revolucionario moderno ni por las falsas novedades en las formas de religiosidad —incluso en el ámbito católico—, que tanto y tan bien sirven de ocasión para los maleficios y posesiones por parte del padre de la mentira.

Con estas cautelas y armas espirituales, el católico resistirá y saldrá victorioso, confiando siempre en la promesa divina: “Las puertas del infierno no prevalecerán” (Mt. 16, 18).     

Notas de la redacción.-

1. Mons. Andrea Gemma, Io, vescovo esorcista (Yo, obispo exorcista), Editora Mondadori, Milán, 2002, 208 pp. Todas las citas del artículo fueron extraídas de este libro.
2. De hecho el Concilio habla del demonio y del infierno. La constitución Lumen Gentium menciona al demonio nominalmente (nº 16, 17, 48 y 131), y figura también en una cita evangélica en el nº 5. Igualmente, lo hace en el decreto Ad Gentes (nº 9) y en la Gaudium et Spes (nº 2, 13 y 22). Estas menciones, tal vez muy breves, parecen haber pasado desapercibidas a Mons. Gemma. El prelado, en su libro, alude con naturalidad al Vaticano II, a las discusiones que en él se dieron, a las explicaciones del mismo hechas por Paulo VI, deplorando la falta de desarrollos proporcionados a la magnitud del problema de los maleficios y posesiones diabólicas, así como del abandono de la práctica del exorcismo. Práctica ésta, sobre la cual el Vaticano II nada dice.



  




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