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«Tesoros de la Fe» Nº 126 > Tema “Objeciones más frecuentes”

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La Iglesia y la homosexualidad

PREGUNTA

1. Quisiera conocer la posición de la Iglesia Católica acerca del homosexualismo, ¿dónde puedo encontrar respaldo en las Escrituras y en el Código de Derecho Canónico, para un posible debate?


2. Qué actitudes la Iglesia manda tomar cuando me vea de frente con tal situación, especialmente en la familia: ¿puedo recibirlos en mi casa normalmente?


3. ¿Qué actitud, pensamiento y palabra debo tener, al depararme con tal situación?


RESPUESTA

El tema es de los más actuales, pues los partidarios de la propagación del pecado nefando están tomando una posición cada vez más agresiva. Así, si los defensores de la buena posición moral no se mantienen alertas, pueden ser cogidos de sorpresa por ciertas maniobras arteras para imponer —“democráticamente” (?!)— ideologías contrarias al pensamiento general de la opinión pública, como ya ha sucedido en otros países. El lector hace bien, por lo tanto, de prepararse para un eventual posicionamiento en los círculos familiares y un posible debate en ámbitos más extensos.

Conocidísimo caso narrado en las Escrituras

Aunque el caso de Sodoma y Gomorra, narrado en el libro del Génesis, sea muy conocido, es conveniente recordarlo aquí para quien no lo tenga a mano.

Dios apareció a Abraham, junto con dos ángeles (todos con forma humana), y le anunció que, a pesar de su avanzada edad, tendría un hijo. Abraham los acogió e hizo con que Sara, su mujer, les diese de beber y comer. Y habiendo sido servidos, se levantaron todos y “miraron hacia Sodoma, Abraham los acompañaba para despedirlos. El Señor pensó: ¿Puedo ocultarle a Abraham lo que voy a hacer? Abraham se convertirá en un pueblo grande y numeroso, y en él se bendecirán todos los pueblos de la tierra […] El Señor dijo: El clamor contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave” (Gén. 18, 16-20).

Los dos ángeles prosiguen su camino hasta Sodoma, y Abraham quedó con el Señor. Comprendiendo que Dios iba a castigar la ciudad, donde residía su sobrino Lot, Abraham intenta salvarlo. La escena es conmovedora. Dijo Abraham al Señor: “¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes, que hay en él? […] El Señor contestó: Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos” (Gén. 18, 23-26). Abraham percibe que apuntó demasiado alto y comienza a rebajar el número de justos de 50 a 45, después a 40, ¡después a 30, a 20 y llegó hasta 10!… “Contestó el Señor: En atención a los diez, no la destruiré. Cuando terminó de hablar con Abraham, el Señor se fue; y Abraham volvió a su tienda” (Gén. 18, 32-33). Abraham comprendió que su intercesión fue infructífera, no por falta de deseo del Señor en atenderlo, sino porque ni siquiera había diez justos en Sodoma…

“Los dos ángeles llegaron a Sodoma al atardecer, mientras Lot estaba sentado a la puerta de la ciudad. Al verlos, Lot se levantó para ir a su encuentro, se postró rostro en tierra […] insistió tanto que fueron con él y entraron en su casa. Les preparó una comida, coció panes ácimos y comieron. Aún no se habían acostado, cuando los hombres de la ciudad, los sodomitas, rodearon la casa, desde los jóvenes a los viejos, todo el pueblo sin excepción. Y gritaban a Lot y le decían: ¿Dónde están los hombres que han entrado en tu casa esta noche? Sácalos para que los conozcamos” (Gén. 19, 1-5). Lenguaje lleno de pudor de la Biblia para indicar que querían abusar de ellos. Lot salió e intentó dialogar con los fascinerosos, alegando el derecho de protección a los huéspedes, a que estaba obligado. Llegó al extremo de ofrecer a sus hijas. Es maltratado por la turba, que quería a los hombres… Intentan tumbar la puerta, cuando los ángeles jalan a Lot hacia dentro y cierran la puerta. “A los que estaban fuera [los ángeles] los hirieron de ceguera, desde el menor hasta el mayor, y no pudieron ya dar con la puerta” (Gén 19, 11). Lot y los suyos estaban, momentáneamente, a salvo.

No obstante, Lot se mueve con displicencia…

Prosigue una batalla inesperada: la de los ángeles para sacar a Lot y los suyos de la ciudad maldita… “Los visitantes dijeron a Lot: ¿A quién más tienes aquí? Saca de este lugar a tus yernos, hijos, hijas y todo cuanto poseas en la ciudad, porque vamos a destruir este lugar, pues el clamor [de sus crímenes] contra ellos ante el Señor es enorme, y el Señor nos ha enviado para destruirlo” (Gén. 19, 12-13).

Lot sale para buscar a los yernos que estaban por casarse con sus hijas, mas éstos tomaron el aviso como si Lot estuviese bromeando con ellos. El propio Lot se movía con displicencia: “Al amanecer, los ángeles urgieron a Lot: «Levántate, toma a tu mujer y a tus dos hijas que están aquí, no vayas a perecer por culpa de la ciudad». Y como no se decidía, los hombres los tomaron de la mano a él, a su mujer y a sus dos hijas, por la misericordia del Señor hacia él, y lo sacaron, poniéndolo fuera de la ciudad y diciéndole: «Ponte a salvo; por tu vida no mires atrás ni te detengas en el valle; ponte a salvo en los montes, para no perecer»” (Gén. 19, 15-17). Lot aún contemporiza y le pide al Señor ir a una pequeña ciudad próxima, donde dice que se sentiría más seguro. “Le contestó: Accedo a lo que pides, no arrasare la ciudad que dices. Aprisa, ponte a salvo allí, pues no puedo hacer nada hasta que llegues allá»” (Gén 19, 21-22). “Salía el sol sobre la tierra cuando Lot llegó a Segor [la pequeña ciudad por la que había abogado]. El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego desde el cielo. Arrasó aquellas ciudades y todo el valle; los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo. La mujer de Lot miró atrás, y se convirtió en estatua de sal” (Gén 19, 23-25).

Sodoma y Gomorra son, pues, casos paradigmáticos de la aversión de Dios al pecado de homosexualismo, que en la ley mosaica era castigado con la muerte (cf. Lev. 18, 22; 20, 13; Deut. 23, 18-19).

Sin embargo, si algún sacerdote leyera estos trechos en el púlpito (hoy lamentablemente abandonado) de alguna iglesia, podrá ser acusado de “homófobo” e ir a la cárcel, si determinados proyectos de ley en ese sentido fuesen aprobados…

Destrucción de Sodoma y Gomorra, John Martin, 1852 – Laing Art Gallery, Newcastle (Inglaterra)


Pecado que clama al cielo por venganza

Incluso el Nuevo Testamento no es menos radical en la condenación de la práctica del homosexualismo. San Pablo afirma claramente que los sodomitas no entrarán en el Reino de los Cielos: “¿No sabéis que ningún malhechor heredará el reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios” (1 Cor 6, 9-10). Ver también 1 Tim 1, 8-11.

Por eso el Catecismo Mayor de San Pío X enumera, entre los pecados que claman al cielo y provocan la ira de Dios, el “pecado impuro contra el orden de la naturaleza” (Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, pp. 127-128). Así es designado, según la moral católica, el pecado de homosexualismo.

El tema es extenso y no cabe en los límites de esta columna. Sin duda, la constitución física de determinadas personas las puede inclinar afectivamente hacia otras del mismo sexo. Ellas no tienen culpa de eso, pero les incumbe la misma obligación de castidad. Y con la ayuda de la gracia de Dios, obtenida por medio de la oración, la frecuencia de los sacramentos y la fuga de las ocasiones, ellas pueden cohibir los movimientos desordenados de su predisposición física y mantenerse castas.

Claro está, que las personas de la familia, sobre todo los padres, deben ayudarlas y tratarlas con caridad, lo que no significa tolerar cualquier infracción del 6° Mandamiento de la Ley de Dios, el cual obliga a la castidad.

Si, en otra hipótesis, esa tendencia antinatural resulta de una educación mal orientada o de un ambiente viciado, ellas deben ser corregidas también con los desvelos de la caridad cristiana, pero sin debilidad ni condescendencia alguna con relación a las prácticas contrarias a la naturaleza.

Sin embargo, para los que se entregan a esos actos —y hoy son muchísimos—, vale el terrible juicio del Catecismo Mayor, hace poco rememorado: ellos claman al cielo y atraen la cólera de Dios. El ejemplo de la destrucción de Sodoma y Gomorra ahí está para ser siempre evocado…

Espero que los lineamentos generales de la cuestión, aquí presentados de forma muy sumaria, ayuden al consultante a encontrar por sí la solución de las situaciones concretas, que eventualmente tenga que enfrentar. 



  




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