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«Tesoros de la Fe» Nº 151 > Tema “Nobleza y Élites Análogas”

Plinio Corrêa de Oliveira  [+]  Versión Imprimible
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Cómo el clero, la nobleza y el pueblo participaban del gobierno

El bien común de la nación era alcanzado por el esfuerzo conjunto de las tres clases sociales, cada una de ellas actuando en su esfera propia pero en armonía con las demás

Plinio Corrêa de Oliveira

La Piazza del Campo de Siena, Italia, con la esbelta torre del Palazzo Pubblico (conocida como Torre del Mangia), casas aristocráticas y populares, constituye un ejemplo de lo que otrora era la armonía entre las clases sociales

AL PRETENDER DESPRESTIGIAR a los regímenes que la precedieron, la Revolución Francesa esparció una idea errónea a respecto de los gobiernos existentes en la Edad Media y en el Antiguo Régimen, como si en ellos sólo el rey mandaba y nadie más participara del gobierno, en lo más mínimo.

Nada más falso.

Lo que hubo en los países europeos antes de aquella revolución, en la mayor parte de los casos, fueron formas participadas de gobierno, incluso durante el así llamado absolutismo real.

Santo Tomás de Aquino recomendaba la monarquía participada, es decir, en la cual el clero, la nobleza y el pueblo tengan parte en el gobierno.

Sería legítimo preguntar en qué sentido podría el clero participar del gobierno en el orden temporal.

En el régimen de separación entre la Iglesia y el Estado en que vivimos, puede sorprender que el clero sea mencionado como fuerza política. Sin embargo, el clero constituye una clase social nítidamente definida y diferente de las demás. Un sacerdote, en cuanto ciudadano de un país, tiene el derecho de exteriorizar su opinión a respecto de los problemas de ese país.

En aquellos tiempos, el clero era la primera clase social. No apenas debido a su carácter sagrado, sino también porque proporcionaba al país el propio fundamento de la civilización.

Realmente, un país sin moral no vale nada; y quien tiene los recursos naturales y sobrenaturales para inculcar la verdadera moral en un país es precisamente el clero. Ésa es su misión específica; y como es la más importante, la más fundamental, es natural que la clase encargada de esa misión sea considerada la primera clase de la sociedad. En las reuniones, en los encuentros sociales, en las ceremonias oficiales del Estado, era lógico que el clero ocupase el primer lugar, con primacía sobre la nobleza y el pueblo.

Era natural que no se tomara en consideración la condición social en que el clérigo había nacido, sino su situación en las filas del clero. La primacía era para aquel que desempeñaba el más alto cargo o función.

Una atribución importante del clero era la organización y manutención de los servicios de educación y salud pública, sin la menor carga para el Estado. La caridad pública era una fuente continua de dinero para tales gastos. El afecto filial y la confianza que unían a feligreses al clero, hacían con que aquellos aportasen dinero a éste con mucho mejor buena voluntad y abundancia que si fuese para órganos estatales. Pues cuando un buen clérigo golpeaba la puerta, era casi como si Dios estuviese golpeando, tal era el rocío de bendiciones que lo envolvía.

La nobleza, a pesar de ser frecuentemente pintada como una clase llena de vanidad y ebria de su grandeza, que nada permitía encima de sí, era considerada la segunda clase social y se reconocía como tal.

Tenía mucho peso y prestigio en el Estado y en la sociedad, pues el poder militar estaba en sus manos y la oficialidad era constituida casi exclusivamente por nobles. Era frecuente, no obstante, que un plebeyo, por heroísmo en la lucha, sea promovido a noble y pase a la condición de oficial.

El poder de la nobleza en cuanto clase militar, aunque no fuera muy sensible en épocas de tranquilidad pública, se volvía decisivo en épocas de guerra y convulsiones sociales.

El clero y la nobleza participaban en el gobierno de un país de diversos modos. Tanto una clase como la otra poseían numerosos feudos, en los cuales ejercían gran influencia y autoridad. Poseían asimismo derechos de gobierno sobre algunas áreas.

El pueblo participaba del gobierno a través de sus corporaciones, que tenían autonomía, leyes y tribunales propios, libres de la intervención de funcionarios del rey o de cualquier órgano del poder central o municipal. Tales corporaciones constituían, dentro de la realeza, como que pequeñas repúblicas burguesas con gobierno propio.

La armonía de aquellas autonomías constituía la armonía de la nación, dentro del gobierno participado.

Tal régimen es muchas veces acusado de ser injusto por el hecho de que el clero y la nobleza no pagaban impuestos, los cuales recaían sobre la clase aparentemente más pobre, que era el pueblo. Pero a ella pertenecía la burguesía, una clase en general rica.

No obstante, como vimos, tanto el clero como la nobleza asumían gastos voluminosos en beneficio del bien común. El clero con la manutención de la educación y de la salud, y la nobleza con la manutención de las tropas. O sea, ambas clases se dedicaban principalmente al bien común, mientras que el pueblo trabajaba ante todo para sí, y sólo secundariamente para el bien de la nación.

Vemos así como, en líneas generales, era razonable la exoneración de impuestos de que gozaban el clero y la nobleza.

El deber de la nobleza en nuestros días

Actualmente, aún si se vive en países con un régimen democrático y republicano en que la nobleza fue abolida como clase social, ella tiene un papel que cumplir en la dirección de la sociedad.

Los nobles, dentro de la vida civil, aunque no ejerzan ya la militancia feudal, deben sin embargo continuar siendo combativos. Ellos tienen la obligación de hacer oír su voz, pues su palabra y sus actos repercuten intensamente. Por ejemplo,un joven noble, alumno de un colegio, tiene una mayor obligaciónde luchar contra el respeto humano, de enfrentar la persecución tantas veces cruel que se promueve contra los que son puros, que un joven que no es noble. El noble lleva consigo la historia, y sus actos impresionan más que los de cualquier otra persona.

Las nuevas condiciones sociales no suprimen las obligaciones de la nobleza, sino que le dan nuevos encargos, que son la adaptación de los deberes antiguos a los días de hoy.

La nobleza debe luchar para permanecer en pie y continuar como uno de los elementos dirigentes del nuevo orden de cosas. Las transformaciones sociales, siendo legítimas, pueden entrar en armonía con las tradiciones de la nobleza.Ésta debe actuar en favor del país, aunque sin ocupar cargos oficiales, colaborando con las otras categorías en la dirección de los acontecimientos.

Aún hoy quedan deberes y una gran influencia reservados a la nobleza, que ella debe asumir. Pero ante todo la nobleza debería primar por su fidelidad a la Iglesia Católica, a sus principios y a sus normas, demostrándolo con el ejemplo de una vida intachable y con la palabra.

El gobierno feudal ejercido por eclesiásticos

Un aspecto de la legítima participación del clero en la vida pública nacional, en la época del feudalismo, fue la existencia de diócesis y abadías cuyos titulares eran, ipso facto y al mismo tiempo, los titulares de las respectivas circunscripciones feudales.

Así, por ejemplo, los obispos-príncipes de Colonia o de Ginebra, por el propio hecho de ser obispos, independientemente de su origen noble o plebeyo, eran príncipes de Colonia o de Ginebra. Uno de estos últimos fue el dulcísimo San Francisco de Sales, insigne Doctor de la Iglesia.

Al par de obispos-príncipes había dignatarios eclesiásticos de graduación menos eminente en la nobleza.En Portugal, por ejemplo, los arzobispos de Braga, que eran al mismo tiempo señores de aquella ciudad,y los obispos de Coímbra que, ipso facto, eran condes de Arganil (desde el 36º obispo de Coimbra, D. João Galvão, agraciado con ese título en 1472), de ahí que utilizaran corrientemente el título de obisposcondes de Coímbra.



  




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