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«Tesoros de la Fe» Nº 153 > Tema “Múltiples expresiones de la devoción mariana”

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La Santísima Virgen y el sufrimiento

¿Por qué estoy sufriendo? ¿Por qué no obtengo lo que pido? ¿Por qué la Virgen no atiende mis pedidos? Preguntas como éstas, que muchos se hacen con frecuencia, tienen respuesta.

Valdis Grinsteins

TENGO UN AMIGO dotado de muchas cualidades, entre ellas, inteligencia y honestidad. Pero él ve mucha televisión y se entusiasma con los productos que se promueven en los comerciales; y eso lo lleva a estar siempre soñando con poseer bienes materiales dispendiosos, visitar lugares exclusivos, vestir la última moda. En el fondo, quiere ser admirado en esta vida. Sucede que su familia no tiene muchos recursos y él se enferma con cierta frecuencia, y en eso gasta buena parte de lo que podría economizar para adquirir lo que le interesa. A fin de reunir el capital suficiente para satisfacer sus deseos, tendría que trabajar duro y con perseverancia, mientras la enfermedad no interfiera. Al contrario, compra billetes de lotería y reza un poco. Como la lotería ha preferido favorecer a otros, él se indispone y deprime, juzga que es una falta de cooperación de la Santísima Virgen hacia él. Peor aún, considera que no ganar la lotería ya es malo; pero encima de eso, Nuestra Señora permite que él sea víctima de enfermedades, lo que complica aún más la situación económica de la familia. ¿Acaso María Santísima no podría curarlo? Entonces, ¿por qué no lo hace?

Como la respuesta para este amigo puede ser útil a muchos lectores, confieso con franqueza que la Santísima Virgen puede curarlo y además ayudarlo de mil otras formas, sí. Pero cabe una pregunta: ¿si Ella no lo hace, no será porque es lo mejor para él? Y aquí toco en un punto delicado, que se relaciona con la esencia del primer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas. Para entenderlo bien, sólo con el auxilio de una gracia especial, que pido a Nuestra Señora conceda a todos que se dispongan a comprender rectamente el tema.

El plan de Dios para el hombre

El primer plan de Dios para el hombre era encantador. Los hombres vivían en un paraíso. Dependiendo de su amor a Dios, irían más o menos rápido al cielo, sin pasar por la muerte. Y en el cielo disfrutarían de la más completa felicidad de cuerpo y de alma. Pero el pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, truncó ese plan. Retirando las gracias especiales que había concedido, Dios estableció un nuevo plan: aquel deseo de felicidad completa se realizaría, pero sólo en el cielo; el hombre dejaría de vivir en un paraíso, y pasaría a habitar esta tierra de exilio; tendría un cierto tiempo de vida, para adquirir méritos que le permitieran subir al cielo después de la muerte. ¿Cómo adquirir esos méritos? Luchando contra la pésima inclinación hacia el mal, que el pecado original dejó en el alma del hombre.

El santo Job, ejemplo de confianza en los designios de Dios en medio de los mayores sufrimientos

Cada uno puede comprobar en sí la existencia de esa inclinación nuestra hacia el mal: es más fácil ser malo que bueno; es más difícil trabajar que ceder a la pereza; más fácil ser ladrón que ser honesto; mentir que decir siempre la verdad, y así en adelante. A tal punto es difícil luchar contra las malas inclinaciones, que el catecismo nos enseña que, sin el auxilio de la gracia, el ser humano no puede perseverar largo tiempo sin pecar. El mérito del hombre, que lo habilita para ir al cielo, consiste en luchar contra esas malas inclinaciones y vencerlas.

Ahora bien, si esto es así, una persona que no pasara por probaciones, dificultades, contrariedades, no conseguiría adquirir méritos. Dios no podría darle el grado de felicidad perfecta de una persona que luchó, sufrió y batalló para ser bueno. Con la circunstancia de que las penas y contrariedades de esta vida son pasajeras, mientras que el cielo es eterno. Una persona puede permanecer enferma 80 años en esta vida, pero si aceptó la enfermedad con la resignación y fortaleza que Dios le pide, va a ser recompensada en el cielo para siempre.

Al abolir esta visión cristiana de la finalidad del hombre en la tierra, apenas nos queda un mundo en que sufrimos sin entender el motivo; en que buscamos el placer, pero no lo encontramos de forma permanente. En el fondo, un lugar de frustración, donde procuramos aquello que no es posible poseer plenamente. Lo que puede llevar a la rebeldía y al deseo de acabar con todo.

Dios permite el sufrimiento porque existe un motivo serio y lógico para tal. No lo hace por venganza, ni deja que algo nos falte, debido a un desinterés por nosotros. Eso no sería lógico, y admitirlo implicaría negar la perfección de Dios.

El verdadero amor de Dios

Continuemos analizando lógicamente el problema. Si en esta vida debemos adquirir méritos de tanto valor para la eternidad, eliminar la capacidad de obtenerlos sería un mal, y no un bien. Obviamente, Dios conoce nuestras capacidades, y nunca va a enviarnos un sufrimiento superior al que conseguiríamos soportar. Pero tales sufrimientos, Él quiere que los soportemos de modo digno, decidido. Ejemplo magnífico de confianza y de resignación frente a los sufrimientos es el del patriarca Job, un santo del Antiguo Testamento.

Cuando nos enseñó a rezar el “Padrenuestro”, Jesucristo no dijo “elimina todas las tentaciones”, y sí “no nos dejes caer en la tentación”. Eso significa que seremos probados por la tentación, justamente para obtener méritos. Y lo que debemos pedir son las fuerzas para no caer en ella.

Pero este plan tiene además algo de maravilloso: es la posibilidad de adquirir méritos también para los demás. Es decir, por un admirable juego de la gracia, podemos conseguir para otros aquello que ellos normalmente no conseguirían para sí mismos. Y podemos conseguirlo para esta vida y para la vida eterna. Podemos realizar buenas acciones, pidiendo a Dios una gracia, una consolación, una ayuda en esta vida para algún hermano que sufre. En relación a la otra vida, podemos pedir por la liberación de las almas del purgatorio.

En ese sentido, una persona que carga muchas contrariedades es verdaderamente rico, pues posee la riqueza de los méritos, pudiendo distribuirlos por medio de la llamada Comunión de los Santos. Una persona que sólo tiene los placeres pasajeros que la vida ofrece es, por el contrario, un verdadero pobre, que el día del Juicio Particular no tendrá nada, o casi nada que presentar como mérito. San Alfonso María de Ligorio, asistido en la muerte por la Santísima Virgen, fue verdaderamente rico a la hora del Juicio Particular, debido a las virtudes heroicas que practicó en vida.

Escribo lo que no te puedo decir

Dolorosa con las manos abiertas, Tiziano, 1555 – Óleo sobre lienzo, Museo del Prado, Madrid

Vuelvo aquí al caso de mi amigo, como reflejo de los casos que muchos lectores conocen. Quiso Dios que él no naciera en una familia con fortuna material, pero con la inmensa fortuna de conocer la verdadera religión. Debido al pecado original, él tiene un apego enorme a las cosas materiales que dan prestigio frente a los demás, sin contar la envidia de ver que otros poseen lo que él no tiene. Si Nuestra Señora atendiera su pedido y le diera el premio de lotería que él tanto pide, tengo la seguridad de que comenzaría a comprar objetos que no necesita, pecando contra la sabiduría; compraría ropa que el mundo elogiaría pero que la Santísima Virgen lamentaría, como lo hizo en Fátima; compraría no sé cuántas cosas para fomentar la vanidad; dejaría de trabajar, lo que eliminaría la posibilidad de desarrollar su inteligencia, de esforzarse, de ser agradecido con los que lo ayudan. Si Ella lo curase de su enfermedad, no garantizo que mi amigo continuaría siendo tan respetuoso con relación a los demás, como felizmente lo es. Pensaría haber ganado una fortuna, pero no percibiría que habría perdido la verdadera fortuna de adquirir méritos, aceptando y amando el plan de Dios para él.

Surge aquí una duda: ¿acaso no se pueden adquirir méritos en una situación de riqueza? Claro que sí, pero para ello se requiere ascesis, un gran equilibrio espiritual para usar bien de la riqueza, destinándola para lo que Dios desea, y no para satisfacer caprichos o pecados. Por otro lado, Dios pedirá más a quien le dio más. Los ricos deberán prestar muchas más cuentas, el día del Juicio, que los que poco o nada tienen.

Si Dios no quiso que yo fuera rico, es porque eso no me conviene. Si me quiso pobre, eso es lo mejor para mí, porque tengo de esa manera más posibilidades de obtener méritos. Puede ser que yo no entienda bien tal problemática, pero si acepto de corazón aquello que no entiendo, obtendré un gran mérito ante Dios.

Termino con una afirmación que quisiera poder repetir siempre: en caso de que usted me pregunte, querido amigo, si la Santísima Virgen quiere su sufrimiento, responderé que sí. Pues Ella quiere darle como premio un alto puesto en el cielo, junto a Ella, por toda la eternidad.  



  




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Nº 186 / Junio de 2017

El Confesionario
Sagrado locutorio del tribunal de Dios

La Confesión, Giuseppe Molteni, 1838 – Óleo sobre lienzo, Gallerie d’Italia, Milán



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+349, d.C. Tréveris. Dejó el país natal atraído por la fama de las virtudes de San Agricio, Obispo de Tréveris, de quien se tornó discípulo. Con la muerte de éste, fue elevado a aquella Sede, donde se notabilizó por la intrépida defensa de la ortodoxia (= verdadera doctrina) y al acoger a San Atanasio, entonces exiliado.








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