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«Tesoros de la Fe» Nº 220

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Remedio seguro contra la “coronafobia”

John Horvat

El coronavirus domina los noticieros del mundo, provocando una psicosis rara vez vista en los tiempos modernos. Aunque el virus aún no ha demostrado toda su furia, la reacción contra él es enloquecida, generando dos espectáculos simultáneos: el primero es el propio coronavirus; el segundo es el miedo del coronavirus, que podemos denominar coronafobia. Este último es el más destructivo.

La gente está aterrorizada con el virus porque los introduce en un mundo desconocido. Se trata de una misteriosa enfermedad que proviene de una lejana tierra totalitaria. Todo el mundo desconfía de los datos procedentes de China. La naturaleza altamente contagiosa e impredecible del virus se suma al miedo generalizado. La amplificación y las imágenes difundidas por los medios de comunicación multiplican el impacto de la enfermedad, creando un sensacionalismo sobre su avance.

De tal conjunción de factores resulta que en todo el mundo la coronafobia viene desacelerando las economías, pulverizando los precios de las acciones en las bolsas, paralizando ciudades e interrumpiendo celebraciones religiosas. Está configurando la política, al par que los líderes mundiales son puestos a prueba para enfrentar el grave desafío de este contagio.

Una amenaza real

Por supuesto, el coronavirus presenta riesgos reales. Por ello se deben tomar medidas razonables. Como en todos los casos de gripe, la gente se enferma y algunos mueren. Aquellos con sistemas inmunológicos débiles son especialmente vulnerables. Sus víctimas fatales son generalmente personas frágiles por condiciones preexistentes.

Sin embargo, dos factores hacen que esta amenaza sea diferente y más aterradora que los casos de gripe que se cobran decenas de miles de vidas cada año: el primero es que el coronavirus puede atacar de forma rápida e indiscriminada; el segundo es que no hay vacunas ni medicamentos para enfrentarlo. En consecuencia, la gente se siente totalmente desamparada frente a este pequeño virus que esta poniendo de rodillas a un mundo frágil e interconectado.

Las causas del miedo

Nadie quiere decirlo, pero lo que desencadena la coronafobia es el miedo “hobbesiano”* a la muerte, que tanto obsesiona a la mente moderna. Cada persona ve en una muerte por coronavirus su posible muerte. Este miedo paranoico exige el empleo de todos los medios posibles para contener esta remota amenaza, aunque tales medios parezcan excesivos. Este drama desesperado crea condiciones en las que la gente incluso renunciará a derechos y libertades para evitar contraer el virus.

La coronafobia es causada por una sociedad que erigió el gozo de la vida como valor supremo. Por eso todo el poder del sistema sanitario debe ser movilizado con tanta pasión. Se debe hacer todo lo posible para prolongar la vida de los que aún disfrutan de ella y piensan poco en lo venidero.

Paradójicamente, no toda vida es igualmente valorada en la cultura hedonista de hoy en día. El mismo sistema sanitario que se esfuerza para tratar a las víctimas del COVID-19 siega miles de vidas diariamente, a través del aborto y de la eutanasia, para que otros se liberen de responsabilidades y “disfruten” de la vida.

Viviendo en la negación

La coronafobia explica por qué hay tanto bombo alrededor del tema. En una cultura que adora el placer, los virus que amenazan la vida abruman y aplastan a las personas que no están acostumbradas a pensar en la muerte y el sufrimiento. La gente busca alguna manera de escapar de esta desagradable realidad.

Para evitar cualquier pensamiento profundo sobre el virus, la gente lo rodea con ruido y agitación, con la esperanza de que el estruendo pueda ahuyentarlo. Para encontrar soluciones rápidas al problema, exigen a gritos una acción urgente, incluso si va en contra del sentido común. En su impotencia, se llenan de resentimiento y rabia, culpando a otros por su desgracia.

El miedo manda en tales circunstancias. La gente hará cualquier cosa para evitar tener que enfrentar la crisis sola, con toda su seriedad. El festival de sobrexcitación lo ahoga todo, en una frenética intemperancia de negación colectiva.

Compras frenéticas en supermercados de Madrid ante la diseminación del coronavirus

El remedio para la coronafobia

Hay un remedio para la coronafobia. Implica enfrentarse a la realidad con toda objetividad. La gente no debe reaccionar exageradamente ni minimizar los peligros. Deben enfrentarse al virus con calma y con sentido común, utilizando los medios regulares con los que se combaten los casos de una gripe severa.

La tragedia invita a la gente a reflexionar sobre la mortalidad y la contingencia humana. En el silencio de la reflexión, encontrarán un significado y un propósito para sus sufrimientos. Encontrarán el valor para actuar eficazmente, abrazando la realidad, no negándola. La coronafobia solo puede ser superada por aquellos que se atrevan a pensar más allá de los placeres de la vida.

Tragedias de este tipo hacen patentes las limitaciones de una sociedad puramente secular, en que la humanidad es abandonada a su propia suerte y frente a su lamentable insuficiencia. A lo largo de la historia, ante la tribulación, los fieles recurrían a Dios y encontraban consuelo y auxilio. Por ello que la Iglesia siempre desempeñó un papel tan importante en tiempos de calamidad. En lugar de prohibir los oficios de la Iglesia, las autoridades deberían incentivarlos e incrementarlos. Generalmente las tragedias llevan a la gente a confiar en Dios y en su Providencia. Esta confianza es el único remedio seguro contra la devastadora coronafobia que asola al mundo.

 

* Hobbesianismo.- Doctrina formulada por el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679). Partiendo de la suposición de una insociabilidad inherente a la condición humana, considera el poder coercitivo del Estado, originado por un pacto consentido entre los ciudadanos, con el objeto de limitar los deseos exacerbados o beligerantes e instaurar la paz en la vida social (Cf. Diccionario Houaiss).



  




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Tesoros de la Fe


Nº 235 / Julio de 2021

Las relaciones entre la Iglesia y el Estado
A la luz de la doctrina católica

En la parte superior, vista interior de la cúpula de la Basílica de San Pedro (Roma); abajo, “el hemiciclo” del Senado francés (París).



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Santoral

2 de agosto

Nuestra Señora de los Ángeles.

+ . En esta fecha la orden franciscana conmemora la dedicación de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en Asís, Italia. Por eso extiende a los templos franciscanos de todo el mundo, el conocido "Perdón de Asís" o "Indulgencia de la Porciúncula". San Francisco de Asís, ante una manifestación que recibió de Jesús y María Santísima (1216), solicitó la gracia de la Indulgencia plenaria para los fieles que acudían a dicho templo. El pontífice Honorio III aprobó esta devoción a fin de que quienes, confesados y arrepentidos de sus faltas, hicieran una devota visita a Nuestra Señora logrando la remisión de sus culpas. Tan especial gracia -que es recomendable aprovechar-, continúa vigente de acuerdo con el decreto de Juan Pablo II (1988)



San Eusebio de Vercelli, Obispo y Confesor.

+370 Italia. Así como su contemporáneo San Agustín, adoptó la costumbre de vivir en comunidad con sus sacerdotes y colaboradores próximos. Fue exiliado por el Emperador Constancio por no querer aceptar la herejía arriana, sólo volvió a su diócesis después de la muerte del potentado.



San Pedro Julián Eymard, Confesor

+1868 Francia. Fundador del Instituto del Santísimo Sacramento para la adoración perpetua, sus últimos años fueron repletos de sufrimientos. Decía a Nuestro Señor: “Heme aquí, Señor, en el Huerto de los Olivos; humilladme, despojadme, dadme la cruz, con tal de que me deis también vuestro amor y vuestra gracia”.

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