El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
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«Tesoros de la Fe» Nº 24 > Tema “Apóstoles”

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San Juan Evangelista

El discípulo amado

San Juan Evangelista es el Patrono de la Basílica Catedral Metropolitana de Lima

San Juan Evangelista, el Apóstol Virgen, es sin duda uno de los mayores santos de la Iglesia, al merecer el título de «el discípulo a quien Jesús amaba». Al pie de la Cruz, recibió del Redentor a la Santísima Virgen como Madre, y con Ella
—como Fuente de la Sabiduría— la seguridad doctrinaria que le valió de los Padres de la Iglesia el título de «el Teólogo» por excelencia. Conmemoramos su fiesta el próximo día 27.


Alfonso de Souza


Sabemos por los Evangelios que San Juan era hijo de Zebedeo y de María Salomé. Con su hermano Santiago, auxiliaba a su padre en las faenas de pesca en el lago de Genezaret. Por los Evangelios sabemos también que Zebedeo poseía algunos barcos y empleados que trabajaban para él. María Salomé es señalada como una de las santas mujeres que acompañaban al Divino Maestro para atenderlo.

Como sus otros dos hermanos Simón y Andrés, también pescadores, era discípulo de San Juan Batista, el Precursor. De éste habían recibido el bautismo, celosos como eran, preparándose para la llegada del Mesías prometido.

Cierta vez, estaban Juan y Andrés con el Precursor, cuando pasó Jesús a corta distancia. El Bautista exclamó: “He aquí el cordero de Dios, ved aquí el que quita los pecados del mundo”. Al día siguiente se repitió la misma escena, y esta vez los dos discípulos siguieron a Jesús y permanecieron con Él aquel día (Jn. 1, 29-39).

Algunas semanas después estaban Simón y Andrés lanzando las redes al agua, cuando pasó Jesús y les dijo: “Seguidme, y yo haré que vengáis a ser pescadores de hombres”. Más adelante estaban Santiago y Juan en una barca, reparando las redes. “Llamólos luego; y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron en pos de Él” (Mc. 1, 16-20).

A partir de entonces pasaron a acompañar al Mesías en su misión pública. Luego se les unieron otros, hasta el número de doce, completando así el Colegio Apostólico.

Preeminencia de tres Apóstoles sobre los demás

Desde un inicio, Pedro, Santiago y Juan tomaron la preeminencia sobre los otros Apóstoles, tornándose los “escogidos entre los escogidos”. Y, como tales, participaron de algunos de los más notables episodios de la vida del Salvador, como la resurrección de la hija de Jairo, la Transfiguración en el Tabor y la Agonía en el Huerto de los Olivos.

San Juan fue también uno de los cuatro que estaban presentes cuando Jesús reveló las señales de la ruina de Jerusalén y del fin del mundo. Más tarde, con San Pedro, a quien lo unía una respetuosa y profunda amistad, fue encargado de preparar la Última Cena. San Pedro amaba tiernamente a San Juan, y esa amistad es visible tanto en el Evangelio cuanto en los Hechos de los Apóstoles.

Por su pureza de vida, inocencia y virginidad, Juan se volvió pronto el discípulo amado, y ello de un modo tan notorio, que él siempre se identificará en su Evangelio como el“discípulo amado de Jesús”.

A pesar de que los Apóstoles no estaban aún confirmados en gracia, ello no provocaba en ellos envidia ni emulación. Cuando querían obtener algo de Nuestro Señor, lo hacían por medio de San Juan, pues su buen genio y bondad de espíritu lo hacían querido de todos.

“Pero esta serenidad, esta dulzura, este carácter recogido y amoroso [de Juan Evangelista] son algo distinto de la inercia y la pasividad. Los pintores nos han acostumbraron a ver en él un no sé qué de femenino y sentimental, que está en pugna con la energía varonil, con el celo fulgurante que se descubre en algunos pasajes evangélicos”.1

Si Nuestro Señor amaba particularmente a San Juan, también era por éste amado de manera especialísima. Con su hermano Santiago, en virtud de su celo recibieron de Cristo el apelativo de “Boanerges” o “hijos del trueno”. Se indignaron contra los samaritanos, que no quisieron recibir al Maestro, y le pidieron que haga descender sobre aquellos indóciles el fuego del cielo.

Fue por ese amor, y no por ambición, que él y su hermano secundaron a su madre, Salomé, solicitando que uno y otro quedasen a la derecha y a la izquierda del Redentor, en su Reino (un tanto equivocadamente, pues imaginaban aún un reino terreno). Cuando Nuestro Señor les preguntó si estaban dispuestos a beber con Él el mismo cáliz del sufrimiento y de la amargura, con determinación respondieron afirmativamente.

El primer devoto del Corazón de Jesús

No obstante, una de las mayores pruebas de afecto de Nuestro Señor a San Juan se dio en la Última Cena. Quiso el Divino Maestro tener a su derecha al Apóstol Virgen, permitiéndole la familiaridad de reclinarse sobre su corazón. Dice San Agustín que en ese momento, estando tan próximo de la fuente de luz, él absorbió de ella los más altos secretos y misterios que después derramaría sobre la Iglesia.

A pedido de Pedro, le preguntó a Jesús quién seria el traidor, y obtuvo una respuesta.

San Juan tuvo sin embargo un momento de flaqueza —y de las más censurables— cuando los enemigos apresaron a Jesús, habiendo entonces huido como los otros Apóstoles. ¡Era el momento en que Nuestro Señor más necesitaba de apoyo! Poco después lo vemos acompañando, de lejos, al Maestro al palacio del Sumo Sacerdote. Como era ahí conocido, hizo entrar también a Simón Pedro. Se puede suponer que haya permanecido siempre en las proximidades de Nuestro Señor durante toda aquella trágica noche, y que no salió sino para ir a comunicar a María Santísima lo que pasaba con su Hijo. La acompañó entonces en el camino al Calvario y con Ella permaneció al pie de la Cruz. Era la señal evidente de su arrepentimiento.

Custodia de la Madre de Dios al Apóstol virgen

Fue entonces que, recibiéndola como Madre, obtuvo el mayor legado que criatura humana jamás podría recibir. Dice San Jerónimo: “Juan, que era virgen al creer en Cristo, permaneció siempre virgen. Por eso fue el discípulo amado y reclinó su cabeza sobre el corazón de Jesús. En breves palabras, para mostrar cuál es el privilegio de Juan, o mejor, el privilegio de la virginidad en él, basta decir que el Señor virgen puso a su Madre virgen en manos del discípulo virgen”.2 Enseñan los Padres de la Iglesia que este gran Apóstol representaba en aquel momento a todos los fieles. Y que, por medio de San Juan, María nos fue dada por Madre, y nosotros a Ella como hijos. Pero Juan fue el primero en tal adopción.

Fue también el único de los Apóstoles en presenciar y sufrir el drama del Gólgota, sirviendo de apoyo a la Madre de los Dolores, que con su Hijo compartía la terrible Pasión.

Cuando, el Domingo de Resurrección, María Magdalena vino a decir a los Apóstoles que la Tumba estaba vacía, fue él el primero en correr, seguido de Pedro, hacia el lugar. Y después, estando en el Mar de Tiberiades, al aparecerse Nuestro Señor en la orilla, fue el primero en reconocerlo.

Una de las tres columnas de la Iglesia naciente

En los Hechos de los Apóstoles, él aparece siempre con San Pedro. Juntos estaban cuando, yendo a rezar en el Templo junto a la puerta Hermosa, un cojo les pidió limosna. Pedro lo curó, y después predicó al pueblo, que se reunió a causa de tal maravilla. Juntos fueron apresados hasta el día siguiente, cuando intrépidamente defendieron su fe en Cristo ante los fariseos. Más adelante, cuando el diácono Felipe había convertido y bautizado a muchos en Samaria, era necesario que fuese para allá uno de los Apóstoles a fin de confirmarlos. Pedro y Juan fueron escogidos para tal misión.

San Pablo, en su tercer viaje a Jerusalén, narra en su Epístola a los Gálatas (2, 9) que ahí encontró a “Santiago, Cefas y Juan, que eran reputados como columnas”, y que ellos, reconociendo “la gracia que se me había dado [para predicar el Evangelio], nos dieron las manos, en señal de convenio, a mí y a Bernabé”.

Después de ello, los Evangelios callan a respecto de San Juan. Pero queda la Tradición. Según ésta, él permaneció con María Santísima durante lo que restó de su vida mortal, dedicándose también a la prédica. Después de la intimidad con el Hijo, el Apóstol virgen es llamado a una estrecha intimidad de alma con la Madre que, siendo la Medianera de todas las gracias, debe haberlo colmado de ellas en altísimo grado. ¡Qué gran virtud debería tener alguien para ser el custodio de la Reina del Cielo y de la Tierra!

Así, habría permanecido con Ella en Jerusalén y después en Éfeso. “Dos motivos principales deberían haber ocasionado ese cambio de residencia: por un lado, la vitalidad del cristianismo en esa noble ciudad; por otro, las perniciosas herejías que comenzaban a germinar. Juan quería así empeñar su autoridad apostólica, sea para preservar sea para coronar el glorioso edificio construido por San Pablo; y su poderosa influencia no contribuyó en poco para dar a las iglesias de Asia la sorprendente vitalidad que ellas conservaron durante el siglo II”.3

La Última Cena (detalle), Fray Angélico, siglo XV — Museo de San Marcos, Florencia

Después de la dormición de la Santísima Virgen —que es como la Iglesia llama al fin de su vida terrena— y su Asunción a los Cielos, el Evangelista fundó muchas comunidades cristianas en Asia Menor.

Vivo después del martirio

Ocurre entonces el martirio de San Juan, que es conmemorado el día 6 de mayo. El Emperador Diocleciano lo hizo apresar y llevar a Roma. En la Ciudad Eterna, fue flagelado y echado en una caldera de aceite hirviendo. Pero el Apóstol virgen salió de ella rejuvenecido y sin sufrir daño alguno. Diocleciano, pasmado con el gran milagro, no osó atentar una segunda vez contra él, pero lo desterró a la isla de Patmos, que era algo más que un peñasco. Fue ahí, según la Tradición, que San Juan escribió el más profético de los libros de las Sagradas Escrituras, el Apocalipsis.

Tras la muerte de Diocleciano, el Apóstol volvió a Éfeso. Es ahí en que, según varios Padres y Doctores de la Iglesia, para combatir las doctrinas nacientes de Cerinto y de Ebión —que negaban la naturaleza divina de Cristo— escribió su Evangelio.4 Previamente, ordenó a todos los fieles un ayuno que él mismo observó rigurosamente, para después dictar a su discípulo Prócoro, en lo alto de una montaña, el monumento que es su Evangelio. Transportado en Dios, con vuelo de águila, él lo comienza con una altura sublime: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”. Este Evangelio, de los más sublimes textos jamás escritos, era tenido en tanta veneración por la Iglesia, que figura en el ordinario de la Misa promulgada por San Pío V, por la fundamental doctrina que contiene.

Según San Juan Crisóstomo, los mismos Ángeles ahí aprendieron cosas que no sabían.

San Juan escribió también tres Epístolas, siempre con vistas a establecer la verdadera doctrina contra errores incipientes que se infiltraban en la Iglesia.

Según una tradición, el discípulo amado de Jesús habría muerto en Éfeso, probablemente el 27 de diciembre del año 101 ó 102.

Pero algunos exegetas levantan la hipótesis que él no haya fallecido, con base al siguiente pasaje del Evangelio: poco después de la pesca milagrosa en el lago Tiberiades —después de la Resurrección de Jesús— Nuestro Señor confió una vez más la Iglesia a San Pedro. Éste, volviéndose a Nuestro Señor, le preguntó, refiriéndose a San Juan: “¿Qué será de éste?” Jesús le respondió: “Si yo quiero que así se quede hasta mi venida, ¿a ti qué te importa?” El mismo San Juan comenta: “Y de aquí se originó la voz que corrió entre los hermanos, de que este discípulo no moriría. Mas no le dijo Jesús: no morirá; sino: Si yo quiero que así se quede hasta mi venida, ¿a ti qué te importa?” (Jn. 21, 15-23).     


Notas.-

1. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. IV, p. 614.
2. Apud F. Pérez de Urbel, op. cit., p. 612.
3. Abbé Louis-Claude Fillion, La Sainte Bible avec commentaires, Évangile selon S. Jean, P. Lethielleux, Libraire-Éditeur, París, 1897, Prefacio.
4. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints d’après le Père Giry, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. XIV, p. 489.



  




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