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«Tesoros de la Fe» Nº 57 > Tema “Esplendores de la Cristiandad”

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La gloria que surge del cumplimiento del deber



Teniendo como fondo de cuadro el castillo real de Buckingham, los regimientos de la reina proceden al cambio de guardia. El público, turistas en su mayor parte, se aglomera para asistir a la escena cotidiana. En el verano se montan graderías para que nadie se pierda un detalle. Uniformes resplandecientes, banda de guerra, orden impecable, movimientos ejecutados a la perfección. Lo bello, la pompa y la gloria, en una función básicamente práctica, convergen en un contexto que resulta agradable de contemplar.

En el calor estival, el famoso sombrero de piel de oso puede provocar algún desmayo. Pero nada altera la puntual rutina, hija del sentido del deber. Puede llover. Será entonces sobre el espejo de agua que los soldados van a repetir invariablemente el ritual militar tradicional.

Llega el inverno. La temperatura londinense es glacial, la humedad y el viento multiplican la sensación de frío. El cielo está cubierto, los días son grises y tristes. Los turistas y curiosos desertan de la ceremonia. Sin embargo, ella se desarrolla normalmente, con una determinación y exactitud admirables. Los guardias portan pesados abrigos. La banda toca en la soledad del patio, las órdenes se ejecutan, el cambio es hecho. Se diría que el único testigo es Dios.

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En la foto de abajo, infantes de marina ingleses avanzan en medio de una tempestad de arena, durante la última guerra en Irak. Sus figuras son como sombras envueltas por la incógnita y por el peligro. A pocos pasos puede haber una celada enemiga. La muerte acecha a cada uno. Pero el paso es decidido, la disposición de cumplir la tarea se muestra inalterable.

Tanto en la gloria del palacio como en la aridez del desierto, en medio a los peligros de la guerra, la actitud sicológica y moral es la misma. Es el alto sentido de la honra y del deber, la afirmación de que hay valores que van mucho más allá de los de esta tierra, que deben ser defendidos, cualesquiera que sean las adversidades que se levanten.

*     *     *

La nobleza natural de estas escenas nos hace pensar en una otra belleza, infinitamente superior. La de Nuestro Señor Jesucristo avanzando, sea en medio a las ovaciones de la multitud a la entrada de Jerusalén, sea en el tedio y en el pavor de la agonía en el Huerto, o bajo la tempestad de injurias del populacho judío y de la inclemencia de los verdugos en la Vía Dolorosa. Él iba con divina determinación, para cumplir el deber que Dios Padre le había incumbido: el holocausto redentor del Calvario. Y así, obedeciendo, Nuestro Señor mostró el camino para todos los hombres, entre los cuales, aquellos que alcanzan la heroicidad de las virtudes —los santos— lo siguen de modo más perfecto.

De aquel gesto supremo del Redentor se desprende una belleza tal que, dos mil años después, en el caos contemporáneo, aún resuenan algunos reflejos tardíos, pero a su manera admirables, porque se originaron en un divino ejemplo.     





  




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Tesoros de la Fe


Nº 232 / Abril de 2021

Santo Toribio de Mogrovejo
Gloria de la Iglesia y del Perú

Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, Arzobispo de Lima, Anónimo – Óleo sobre tela, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires



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Santoral

16 de abril

Santa Bernardita de Soubirous

+1879 + Nevers - Francia. Nació en Lourdes (Francia) en 1844. Hija de padres supremamente pobres. Desde el 11 de febrero de 1859 hasta el 16 de julio del mismo año, la Santísima Virgen se le aparece 18 veces a Bernardita. Nuestra Señora le dijo: "No te voy a hacer feliz en esta vida, pero sí en la otra". El 16 de abril de 1879, exclamó emocionada: "Yo vi la Virgen. Sí, la vi, la vi ¡Que hermosa era!" Y después de unos momentos de silencio exclamó emocionada: "Ruega Señora por esta pobre pecadora", y apretando el crucifijo sobre su corazón se quedó muerta. Tenía apenas 35 años.

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