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«Tesoros de la Fe» Nº 57 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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San Juan Crisóstomo

Gran batallador de la Iglesia en Oriente


Llamado «Boca de oro» por la fuerza y la belleza de su elocuencia, con su palabra desarmó a los bárbaros, combatió el arrianismo que infectaba el Oriente y los desórdenes de la decadente Bizancio


Plinio María Solimeo


Juan Crisóstomo nació en Antioquía alrededor del año 344, hijo de Segundo, comandante general de las tropas del Imperio de Oriente. Su madre, Antusa, enviudó a los veinte años y no quiso contraer segundas nupcias a fin de dedicarse por entero a la educación de sus dos hijos y a las buenas obras. Adolescente, Juan culminó su educación con el célebre filósofo Libanio. El progreso del alumno, cuya privilegiada inteligencia comenzaba a brillar, hizo que el maestro estando a las puertas de la muerte exclamara: “Yo habría dejado a este joven al frente de mi escuela, pero los cristianos me lo tomaron”.1

Aún era pagano cuando inició su vida como orador en el Forum. La elevación de su lenguaje, la fuerza de sus expresiones, la belleza de su discurso llevaron a sus coterráneos a compararlo a Demóstenes, el famoso orador griego de la Antigüedad.

San Basilio lleva a su amigo a la conversión

A los 25 años, cuando su fama ya se afirmaba en el Tribunal, por influencia de su amigo Basilio, que también llegaría a la santidad, se convirtió al cristianismo: “Este bienaventurado servidor de Jesucristo resolvió abrazar la verdadera filosofía del Evangelio, la vida monástica. Entonces, el equilibrio entre nosotros dos se rompió por completo. El plato de su balanza se elevó ligero hacia el cielo; el plato de la mía, todo cargado de pasiones mundanas y de los ardores de la juventud, recaía pesadamente hacia la tierra”.2 Juan recibió el bautismo de manos de San Melecio, obispo de Antioquía.

Después de su conversión, resolvió abrazar la carrera eclesiástica. Convertido en clérigo, Juan, a quien ya llamaban Crisóstomo (Boca de oro), renunció completamente a hacer carrera en el mundo e inició el arduo trabajo de vencer el imperio de sus pasiones. Para combatir la vanagloria, comenzó a practicar la humildad. Para tener dominio sobre sí, pasó a domar su cuerpo, limitando el sueño a tres o cuatro horas y la alimentación a una sola comida al día, absteniéndose de carne. Su victoria sobre el fogoso temperamento fue tan completa, que sus biógrafos lo describen como dotado de gran dulzura y amable modestia, además de una tierna y compasiva caridad hacia el prójimo.

Pasaron cuatro años sin que Crisóstomo recibiese la ordenación sacerdotal. En ese intervalo, oyó rumores de que estaban pensando en él y en su amigo Basilio para el episcopado. Crisóstomo, quien conocía perfectamente a su amigo, sabía cuan digno era para el episcopado. Por eso no le comunicó que huiría para evadir la designación, como efectivamente hizo. Mientras tanto, San Basilio recibió la consagración episcopal.

Monje y anacoreta, aprendió de memoria las Sagradas Escrituras

Dado que su madre había fallecido, Crisóstomo resolvió huir al desierto. Admitido en uno de los monasterios del Monte Casius, se entregó con gran valentía a la vida de perfección.

Pasado algún tiempo, cuando los monjes se dieron cuenta del tesoro que tenían, lo escogieron a Crisóstomo como Superior. Cuando tomó conocimiento de esa decisión, huyó, yendo a vivir como anacoreta a un lugar más inaccesible. En la soledad, aprendió las Sagradas Escrituras de memoria.

Dos años después, habiéndose deteriorado su salud, tuvo que abandonar el desierto y regresó a Antioquía. En ese lapso la paz había vuelto a la Iglesia, con la muerte del emperador arriano Valente y la ascensión del piadoso Teodosio.

Juan Crisóstomo fue ordenado diácono, dedicándose nuevamente al apostolado de la palabra. Cinco años más tarde, San Flaviano, que había sucedido a San Melecio en la sede de Antioquía, le confirió el sacerdocio.

Las “homilías de las estatuas”

Precioso relicario que conserva la mano derecha del santo

El año 387 el emperador Teodosio estableció un nuevo impuesto a la ciudad de Antioquía. El pueblo se rebeló, arrancó su estatua y la de su mujer e hijos, que arrastró por las calles; persiguió a los funcionarios del fisco y se entregó a otros excesos. Al volver la calma, la población se dio cuenta de lo que había hecho y el temor fue general. Todos sabían que el emperador Teodosio era bueno, pero terrible en sus primeros impulsos. ¿Qué es lo que haría con la ciudad prevaricadora?

San Flaviano se dirigió a la ciudad imperial a fin de pedir clemencia para sus diocesanos, y Crisóstomo quedó al frente de la diócesis. Se empeñó en calmar al pueblo y que aceptara el posible castigo. En los siguientes 20 días, predicó una serie de sermones excepcionales, llamados después “homilías de las estatuas”, cada uno más persuasivo que el otro y que forman un monumento de erudición y de elocuencia.

Al fin, vino la noticia de que el Emperador, por amor a Dios y atendiendo la súplica del santo arzobispo, perdonaba a Antioquía.

Arzobispo de Constantinopla y Patriarca de Oriente

Juan Crisóstomo pasó doce años en Antioquía, ejerciendo la misión pastoral como el modelo más acabado de sacerdote.

San Juan Crisóstomo increpa a la emperatriz Eudoxia por sus vicios, Jean Paul Laurens, 1893 — Museo de los Agustinos, Toulouse

El año 397 quedó vacante la sede de Constantinopla. El clero y el pueblo, que ya conocían su fama, lo eligieron como obispo del lugar. El nuevo emperador Arcadio aprobó la elección. ¿Cómo hacer que el candidato aceptara la nominación? Utilizaron una estratagema: el alcalde de Antioquía lo invitó a un paseo, para tratar de varios asuntos. Cuando estaban fuera de la ciudad, el alcalde cedió su lugar de conductor del carruaje a un enviado del Emperador. Espoleando los caballos, fue conducido a la capital del Imperio, donde estaban reunidos un grupo de obispos que consagraron a Boca de Oro como Arzobispo de Constantinopla y Patriarca de Oriente.

Comenzaba para el nuevo Prelado una etapa en la cual debería enfrentar los desórdenes de la corte imperial, toda clase de injusticias, un clero y un pueblo decadentes.

Se empeñó en primer lugar en la reforma del clero, amonestando, corrigiendo, suplicando y, cuando no había otro medio, expulsando a los malos sacerdotes de la Iglesia.

Había tal avidez de oír al santo arzobispo, que unos se atropellaban a los otros. Tuvo que colocar el púlpito en el centro de la iglesia, para ser oído por todos. Poco a poco la piedad volvió a florecer en Constantinopla, y muchas almas alcanzaron un alto grado de perfección.

Juan Crisóstomo reorganizó una pía asociación de viudas y vírgenes consagradas, poniéndolas bajo la dirección de Santa Olimpia, viuda a los 23 años, que pasó con su fortuna a secundarlo en todas sus obras pías.

El pueblo prevarica a pesar de los castigos

En abril de 399, un temporal interminable lo inundaba todo, amenazando las plantaciones y la consecuente falta de alimentos. Juan Crisóstomo ordenó una procesión rogativa hasta la iglesia de San Pedro y San Pablo, del otro lado del Bósforo, y la lluvia cesó.

Al día siguiente, Viernes Santo, hubo una carrera de caballos en el hipódromo local, con gran concurso del pueblo, que no respetó ni el castigo reciente ni la santidad de la fecha. La indignación del santo arzobispo subió al auge: “¿Cómo apaciguar, de aquí en adelante, el castigo celestial? Aún no transcurrieron tres días de la gran lluvia que, llevándose todo consigo y arrancando el pan de la boca del agricultor, os llevó a recurrir a las súplicas y a las procesiones”.

Al año siguiente, un terrible terremoto destruyó un tercio de la capital. El mar inundó la parte de la ciudad llamada Calcedonia y los barrios bajos. Gran parte de la población huyó. Los aprovechadores se lanzaron al saqueo de las casas vacías. En medio del pánico general, sólo el Patriarca permaneció en su puesto. Increpando a los asaltantes, los hizo entregarle el producto del robo, del cual se constituyó en guardián. Cuando volvió la normalidad, mostró su desvelo por la propiedad privada, devolviendo todo a sus legítimos dueños.

No había pasado un mes de sucedido esto, cuando un nuevo coliseo fue inaugurado con inmenso concurso y los aplausos frenéticos de un pueblo inconstante. Juan Crisóstomo subió al púlpito: “¡Apenas han pasado treinta días después de nuestras desgracias, después de esa terrible catástrofe, y veo que volvéis a vuestras locuras! ¿Cómo justificaros? ¿Cómo perdonaros?”

Los crueles destierros y una santa muerte

San Juan Crisóstomo parte para el exilio en el que moriría, a causa del maltrato que recibió

La emperatriz Eudoxia, habiéndose entregado al vicio de la avaricia, infringió la justicia apropiándose indebidamente de propiedades ajenas. Las víctimas recurrieron al Arzobispo, que la llamó paternalmente a la razón. Pero ella, dándose por ofendida, obtuvo que el Primado de Alejandría, quien había abrazado la herejía arriana, convocase un concilio. Con sus correligionarios, éste condenó a Juan Crisóstomo como indigno del episcopado, obteniendo su destierro.

Cuando la población supo de ello, hizo tan grandes manifestaciones frente al palacio imperial, que la Emperatriz, temiendo por su vida, pidió el regreso del Patriarca. Poco después, sin embargo, consiguió nuevamente su exilio.

A dos soldados que acompañaban a Juan Crisóstomo al destierro les fue prometida una promoción, si por medio de maltratos lo hicieran morir en el camino. Fue lo que ocurrió en setiembre de 407, cuando el santo cayó exhausto y expiró, muriendo confortado por la Sagrada Comunión.     


Notas.-

1. Cf. P. Pedro de Ribadeneyra, Flos Sanctorum, in Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía. – Editores, Barcelona, 1896, t. I, p. 270.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, t. II, p. 3

Otras obras consultadas.-

  • Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. I, pp. 155 y ss.
  • Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1946, t. I, pp. 271 y ss.
  • P. José Leite  S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, t. III, pp. 44 y ss.
  • Abbé Jean Croisset, Año Cristiano, Saturnino Calleja, Madrid, 1901, t. I, pp. 347 y ss.




  




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