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«Tesoros de la Fe» Nº 130 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Pedro de Alcántara

Sustentáculo de la reforma del Carmelo

“Conocí a un religioso llamado fray Pedro de Alcántara —que lo juzgo un santo, ya que su vida y sus actos no dejan de eso duda— , que pasaba muchas veces por loco extravagante junto a los que le oían hablar”, decía de este varón, modelo de penitencia y gran reformador, la incomparable Santa Teresa de Jesús

Plinio María Solimeo


Pedro de Gavarito y Villela de Sanabria nació en Alcántara, España, en 1499, año de la publicación de la Bula sobre las indulgencias, que sería usada por Lutero como pretexto para su rebelión contra Roma. De familia noble, su padre era legista y alcalde de la ciudad.

Dice un biógrafo suyo que “el niño tenía facciones agradables, era vigoroso, de porte esbelto y bien provisto de dones naturales. Retenía de memoria un texto después de la primera lectura, lo que le permitía citar sin errores el verso más corto que fuese, de la Biblia”.1

Pedro estudió filosofía en la Universidad de Salamanca. A pesar de estar en la primera adolescencia, llevaba ya vida de asceta. Dedicaba la mayor parte de su tiempo libre a la oración, visitaba a los enfermos y encarcelados, socorriendo a los pobres con sus limosnas. A los quince años, ya era una especie de director espiritual de un grupo de condiscípulos.

El año 1515, que presenció la primera rebelión de Lutero contra la Iglesia y el nacimiento de Santa Teresa, vio también la entrada de Pedro, a los 16 años, en un convento franciscano observante. Para ello, salió a escondidas del solar de la familia. La noche estaba oscura. En el camino se encontró con un ancho río. Se encomendó a Dios, y un súbito viento lo envolvió y transportó hacia la otra margen. Ése fue el primer gran milagro, de los innumerables de que fue objeto este hijo de San Francisco.

Mortificación en la fuente de la santidad

Pedro estaba determinado a hacerse santo por la más estricta observancia de las reglas, silencio heroico, y total desapego desde el primer instante de su vida religiosa. Su superior lo ayudó, probándolo de todos los modos. Por ejemplo, ordenándole durante la oración, estando incluso en éxtasis, a ejecutar las más desagradables tareas.

Pero lo peor fue enfrentar al demonio del sueño. Bastaba que llegara el momento de la oración en común, que una fatiga invencible le invadía. Como fray Pedro confesará más tarde a Santa Teresa, emprendió una heroica y tenaz lucha contra el sueño. Y la venció gracias a las drásticas medidas que tomó: además de la mortificación y ayunos continuos, no concedía al reposo más que hora y media. Además lo hacía de rodillas, con el mentón apoyado en una tabla; o sentado, apoyado en la pared.

El demonio no se dio por vencido, y le persiguió de otros modos. Ya que no conseguía dominarlo por el sueño, lo perseguía con ruidos y estruendos en el poco tiempo dedicado al descanso. Algunas veces llegaba a derribar al fraile en el suelo, casi sofocándolo. En otras ocasiones le lanzaba piedras, que sus condiscípulos encontraban en su celda, al día siguiente.

Predicador fecundo y elevada vida mística

A los 25 años, a pesar de su renuencia, fray Pedro fue ordenado sacerdote. Con él, muchas veces la obediencia tenía que vencer a la humildad.

Dice su biógrafo que “la misa de fray Pedro de Alcántara valía por una misión. Se podía palpar la sublime familiaridad que le unía a Cristo”.

Recibió órdenes de predicar, y “todos se admiraban de la profundidad de su doctrina, del calor de su palabra”, de su “elocuencia varonil y robusta, toda embebida de la Sagrada Escritura uniendo extrañamente las gracias de las bienaventuranzas con los latigazos de Juan Bautista”.

Lo “peor” para fray Pedro era que Dios se complacía en mostrar públicamente las gracias que le concedía. A veces era arrebatado en éxtasis en plena calle, cuando estaba limosneando para el convento. O en la iglesia, frente a todos sus hermanos y fieles. Esto, para él, era el mayor tormento.

Como San José de Cupertino, “a veces, una sola palabra le arrebataba de tal modo, que empezaba a lanzar gritos ininteligibles, salía fuera de sí y quedaba suspendido en el aire”.2

Penitencia en la raíz de la gloria celestial

Las terribles penitencias, disciplinas, ayunos y demás mortificaciones de fray Pedro lo transformaron en casi un esqueleto. Santa Teresa de Ávila lo describe como hecho de raíces de árbol. Ella misma aseveró cuánto esa penitencia fue agradable a Dios, viéndolo, luego después de la muerte, subir al cielo en medio a un brillo fulgurante, diciéndole: “¡Oh bendita penitencia, que me valió tamaño peso de gloria!”

Si fray Pedro era penitente, no era por ello un santo tristón; por el contrario, detestaba la tristeza: “se alegraba en los bosques, en las cimas de los montes, a la vera de los arroyos límpidos. Los pajaritos, en sus alegres revoloteos, venían a posársele sobre los hombros”. Y Santa Teresa atestigua: “Con toda esta santidad era muy afable, aunque de pocas palabras, si no era interrogado. En éstas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento”.3

La nobleza, sumisa al gran santo

Fray Pedro huía de la fama, y la fama le perseguía. Su renombre llegó a Portugal, y el rey D. Juan III lo pidió como confesor. La obediencia le obligó a aceptar. Transformó la corte portuguesa en modelo de virtud. Además, fue incontable el número de hidalgos de ambos sexos que lo abandonaron todo para vivir en la más extrema pobreza.

Don Juan III de Portugal


“A su consejo, la reina Catalina hizo de su palacio una escuela de virtud y de devoción. El Infante D. Luis, hermano del rey, mandó construir el convento de Salvatierra en su favor, y en él se retiró para vivir como el más pobre de los religiosos, después de haber vendido sus (bienes) muebles y su equipaje, pagado sus deudas y hecho voto solemne de pobreza y castidad”. Y el santo tuvo que intervenir para forzar al príncipe a moderar sus mortificaciones. “La infanta María, su hermana, hizo también voto de castidad y empleó todos sus bienes en el servicio de Nuestro Señor”,4 construyendo, por ejemplo, el Hospital de la Misericordia y un convento de clarisas. Además de eso, fueron incontables los nobles, tanto en Portugal cuanto en España, que ingresaron a la Orden Terciaria de la Penitencia, por su influencia: “La estameña [tejido del hábito religioso] que él usaba era además afamada para que los grandes nombres de España no disputasen la honra de un pedazo bajo el armiño, bajo la seda o bajo la púrpura”.

El emperador Carlos V y su hija, la princesa Juana, lo quisieron como confesor; pero fray Pedro supo rehusar esa onerosa honra sin herirlos.

Eximio reformador de órdenes religiosas

El año 1538, el Capítulo de los Observantes descalzos —que seguían la regla primitiva— eligió a fray Pedro de Alcántara como provincial. Circunstancia que aprovechó para emprender la reforma de esta rama franciscana, añadiendo mayor severidad a las reglas y nuevos ejercicios, dando mayor facilidad a aquellos que deseaban entregarse al recogimiento y a la contemplación. De ahí el nombre que recibieron de Franciscanos Recoletos.

En breve su reforma se difundiría por Europa, extendiéndose hasta los confines de la India y del Japón.

Trabajó también para que se fundasen en España conventos de clarisas, reformados por Santa Coleta, y fue uno de los mayores apoyos a la reforma de Santa Teresa de Jesús.



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