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«Tesoros de la Fe» Nº 205

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San Ildefonso de Toledo

Obispo y confesor

Arzobispo de Toledo, defendió la Inmaculada Concepción de María Santísima doce siglos antes de la solemne proclamación del dogma mariano

Plinio María Solimeo

San Ildefonso, El Greco, c. 1603-14

EL PADRE RIBADENEYRA, discípulo y biógrafo de san Ignacio de Loyola, llama a san Ildefonso —cuya fiesta conmemoramos el día 23 de enero— “luz de España, espejo de santos prelados, gloria de su Iglesia, ornamento de su patria y devotísimo capellán de la Virgen Nuestra Señora”.1 A lo cual añade el célebre abad de Solesmes, Dom Próspero Guéranger: “En medio de ese coro de ilustres Pontífices que honraron el episcopado español en los siglos VII y VIII, aparece en primer lugar Ildefonso, el Doctor de la Virginidad de María, como Atanasio lo fue de la Divinidad del Verbo, Basilio de la Divinidad del Espíritu Santo, y Agustín de la Gracia”.2

Datos biográficos

Para reconstituir la biografía del santo, “además de los datos contenidos en sus obras, disponemos principalmente del Beati Ildephonsi Elogium de san Julián de Toledo, contemporáneo suyo y segundo sucesor en la sede toledana”, y de biografías un poco posteriores.3

San Ildefonso nació en Toledo el año 606, durante el reinado del visigodo Witerico (603-610) en España. Venidos de Francia a pedido de los romanos, los visigodos entraron en España en 456 para derrotar a los igualmente bárbaros suevos, después que muchos de ellos se instalaron en el país. En 507, sus correligionarios que habían permanecido en la Galia, derrotados por los francos, confluyeron en masa hacia España. En vista de ello, trasladaron su reino a este territorio el año 526, estableciendo su capital en Sevilla, la que posteriormente trasladaron a Toledo.

El santo era de familia noble y sobrino de san Eugenio III, obispo de Toledo, con quien inició su brillante educación literaria. Fue después discípulo de san Isidoro, arzobispo de Sevilla, exponente de un movimiento educativo cuyo centro era la propia sede episcopal hispalense. En su seminario, “se prescribió el estudio del griego y del hebreo, así como de las artes liberales. También se fomentó el interés por el derecho y la medicina”. Por su influencia y “por la autoridad del cuarto concilio [de Toledo], esta política educativa se hizo obligatoria para todos los obispos del reino. Mucho antes de que los árabes despertaran su aprecio por la filosofía griega, san Isidoro había introducido a Aristóteles entre sus compatriotas”.4

Según una biografía del santo, publicada originalmente en la página web de la arquidiócesis de Toledo, de la cual fue obispo, en aquella escuela Ildefonso progresó de tal manera en el estudio de la filosofía y de las humanidades que, “llegando a tanto el amor que su maestro [san Isidoro] le profesaba, que cuando quiso volver a Toledo, aquel se lo impidió por algún tiempo, llegando hasta encerrarle para obligarle a desistir”.5 Curioso este hecho, ocurrido entre dos santos…

Sin embargo, Ildefonso consiguió regresar a Toledo, donde, “cautivado por la ciencia divina, despreció el palacio en que había nacido, y, huyendo de su padre, cuyo amor le perseguía con la espada desenvainada, encerróse en el monasterio de Agali, asilo de paz entre las alamedas del Tajo, templo de virtud y de saber, que había dado ya tres pastores a la capital del reino”.6

San Eladio, obispo de Toledo, lo ordenó diácono, y al fallecer el abad del convento en que moraba Ildefonso, este fue elegido para ocupar su lugar. En esa calidad participó, en la entonces capital, de los Concilios de los años 653 y 655, responsables por la unificación de la liturgia española.

Al fallecer sus padres, Ildefonso se convirtió en heredero de una gran fortuna, que empleó en la fundación de un monasterio de monjas.

Altar de san Ildefonso en la catedral de Toledo (Foto: Paulo R. Campos)

Arzobispo de Toledo

En 657 Ildefonso fue escogido por el rey Recesvinto (653-672), por el clero y por el pueblo, como era costumbre en la época, para suceder a san Eugenio en la sede metropolitana de Toledo. El rey tuvo que emplear toda su autoridad para que el santo aceptara el encargo episcopal.

Obispo según el Corazón de María, a Ella dedicó su inteligencia y su alma. Se refiere que, en sus momentos libres de su sabia administración de la arquidiócesis, el santo pasaba horas y horas delante de la imagen de la Virgen, desgranando avemarías. “Es el primer anillo de una gran tradición mariana que muchos siglos más tarde otro español se encargará de recoger; con tanta justicia como a santo Domingo de Guzmán, se le puede llamar precursor de la devoción del rosario”.7

Tratado sobre la Virginidad

Sobre su obra magistral De virginitate perpetua sanctae Mariae adversus tres infidelis (“Sobre la perpetua virginidad de Santa María contra tres infieles”), en defensa de la virginidad de María Santísima, escribe el benedictino fray Justo Pérez de Urbel, al comentar el texto del santo: “El amor no mide las palabras; por eso el libro de Ildefonso está lleno de fuego, de ira, de indignación, de golpes furiosos y relumbrar de espadas. […] Su libro De la Virginidad de María, [es un] himno triunfal a la Virgen, en que, indignado en la vehemencia de su lealtad amorosa, clama así contra el calumniador de su Dama y su Reina: ‘¿Qué osas decir, caos de locura, de aquella morada de Dios, de aquella corte del Rey de las victorias, clarísima con el brillo del pudor, de aquel palacio del Emperador de las cosas celestiales y asiento gloriosísimo de Aquel a quien no pueden comprender la plenitud y diversidad de los lugares? ¿El tronco de la vida daría ramas de muerte? ¿El huerto cerrado en que brotó la flor de la peregrina virginidad había de producir abrojos y serpientes? ¿La fuente de la vida, sellada con el parto virginal, manaría el cieno de la impureza? Pido a Dios que el sepulcro de tu boca sea atormentado por el dolor, que en esa caverna quede tu lengua inmóvil, y que tus labios se cierren para que no salga el hedor insoportable de tus palabras’”.8

Sobre la citada obra, afirma Dom Guéranger: “El arzobispo de Toledo expuso su enseñanza con profunda doctrina y gran elocuencia, probando al mismo tiempo, contra los judíos, que María concibió sin perder su virginidad; contra los adeptos de Joviniano, que permaneció Virgen en el parto, y contra los secuaces de Helvidios, que fue Virgen después del parto”.9

La Santísima Virgen, como narran los biógrafos del santo, aprobó este libro: “El día de santa Leocadia (9 de diciembre), esta célebre mártir de quien Ildefonso deseaba intensamente encontrar las reliquias, se dignó manifestarse, indicó el lugar donde reposaba su cuerpo y terminó con estas palabras: ‘¡Ildefonso, por ti se mantiene mi soberana, que reina en lo alto de los cielos!’ Era en alusión al libro sobre la virginidad de María”.10

Capellán de la Virgen María

Catedral de Toledo, España

Sin embargo, conforme narran todos los biógrafos del santo, quiso la Madre de Dios agradecerle directamente por el libro sobre su virginidad santa. “La noche del 18 de diciembre de 665 [fiesta de la Virgen de la Expectación] san Ildefonso junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante que sintieron temor. Todos huyeron excepto Ildefonso y sus dos diáconos. Estos entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la Virgen María, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. María hizo una seña con la cabeza para que se acercara. Habiendo obedecido, fijó sus ojos sobre él y dijo: ‘Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería’. Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor”. Continúa la narración: “Esta aparición y la casulla fueron pruebas tan claras, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece documentado en el Acta Sanctorum como El Descendimiento de la Santísima Virgen y de su Aparición”.11

Los historiadores afirman que los mismos árabes, al convertir la basílica cristiana en mezquita, durante la dominación musulmana, respetaron el lugar de esta aparición, ocurrida en la España visigótica y transmitida ininterrumpidamente a lo largo de los siglos. “Esta circunstancia permite afirmar que el milagro era conocido antes de la invasión musulmana y que no se trata de una de las muchas historias piadosas medievales que brotaron de la fantasía popular”.12

Retrato del santo

Para terminar, tracemos el retrato del santo, como lo describe el padre Ribadeneyra: “Su aspecto era grave con blandura, y blando con gravedad; su honestidad componía a los que le miraban; su paciencia y mansedumbre amansaba a los coléricos y mal sufridos; su sabiduría era admirable, y su agudeza en el disputar, excelente; y tan elegante y copiosa su manera de decir, que más parecía divina que humana; y por esto le llamaron Crisóstomo, que quiere decir ‘Boca de oro’”.13

Fray Justo Pérez añade este testimonio de los discípulos del santo: “Temeroso de Dios, religioso, lleno de piedad; en su andar, grave y modesto; paciente y amable en su conducta; insuperable en la sabiduría; agudo para razonar; y tan favorecido en las gracias de la elocuencia que, cuando hablaba, dijérase que no era un hombre, sino que el mismo Dios hablaba por su boca”.14 

 

Notas.-

1. Pedro de Ribadeneyra SJ, Flos Sanctorum, in La Leyenda de Oro, L. González y Cía., Barcelona, 1896, t. I, p. 238.

2. Dom Próspero Guéranger, El Año Litúrgico, Editorial Aldecoa, Burgos, 1954, t. I, p. 755.

3. https://es.wikipedia.org/wiki/Ildefonso_de_Toledo.

4. John B. O’Connor, St. Isidore of Seville, in The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition.

5. https://es.aleteia.org/2015/01/23/hoy-celebramos-a-san-ildefonso/.

6. Fray Justo Pérez de Urbel OSB, Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. I, p. 132.

7. Id. ib., p. 133.

8. Id. ib.

9. Op. cit., p. 755.

10. José Leite SJ, Santos de cada día, Ed. A.O., Braga, 1993, t. I, p. 110.

11. https://es.wikipedia.org/wiki/Ildefonso_de_Toledo.

12. Id. ib.

13. Op. cit., p. 240.

14. Op. cit., p. 132.



  




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