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«Tesoros de la Fe» Nº 152

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Utilidades del pecado

“Me atrevo a decir que a los soberbios les es útil caer en algún pecado claro y manifiesto, para que dejen de sentirse pagados de sí, los que habían caído ya complaciéndose en sí mismos” (SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XIV, 13)

P. Marino Purroy, O.C.D.

“Hartas veces permite el Señor una caída, para que el alma quede más humilde… Va después aprovechando más en el servicio de Nuestro Señor, como vemos en muchos santos” (SANTA TERESA DE JESÚS, Carta 52).

EL HOMBRE MODERNO tiende a aprovecharlo todo. Hasta la chatarra y los desperdicios. Hasta la negra corriente de las cloacas, de la que obtiene activos fertilizantes. Los cocineros disponen de libros con normas para aprovechar las sobras.

Los cristianos de hoy poseen el ARTE DE UTILIZAR NUESTRAS FALTAS. Conste que no estamos ante un invento moderno. El librito así titulado está compuesto a base de textos de San Francisco de Sales y de otros autores todavía más antiguos. El caso es que el cristiano que ama, si aprende la lección que le enseña su caída, puede repetir con la Iglesia: ¡Feliz culpa! Ventaja de profesar una religión que se reduce al amor, proclamado universalmente como ingenioso.

¿Principal utilidad del pecado? Que nos humilla; que, situándonos en nuestro puesto de criaturas, nos obliga a: sentirnos necesitados del Creador; y, a volvernos comprensivos e indulgentes con nuestros semejantes.

Los “buenos” propenden a creer que se bastan a sí mismos; que no necesitan la ayuda de Dios. Y prescinden de Él. Fue a suficientes, a pagados de sí mismos, a quienes se dijo que las prostitutas entrarían antes en el reino de los cielos (Mt 21, 31). No es Dios quien los rechaza. Son ellos los que se excluyen voluntariamente. Como Cristo bajó por los pecadores y ellos se creen justos, tienen a menos pertenecer al gremio de los pecadores, de los necesitados de ayuda para salvarse.

Dios se llama celoso

La Sagrada Escritura llama celoso a Dios repetidas veces; porque no tolera que su pueblo se postre ante otros dioses; porque reclama para sí en exclusiva la gloria y el honor (ver Ex 34, 14; Dt 6, 14-15; Is 48, 10-11).

Éste era el estilo de Dios en el Antiguo Testamento: utilizar instrumentos débiles e inútiles para que resaltase mejor su intervención omnipotente. Por eso escogió para padres de su pueblo a Abraham y Sara, estériles. Y para Libertador a Moisés, inseguro a causa de su tartamudez. Por eso, cuando los israelitas confiaban en sus propias fuerzas, permitía que sufriesen derrotas estrepitosas, humillantes; en cambio, cuando confiaban en Él, reportaban victorias deslumbrantes sin medios adecuados. Todo para que el pueblo de Israel nunca pudiera alardear de que su propia mano los había salvado (Jue 7, 2); para que sintiesen imperiosamente la necesidad de apoyarse en Dios y de atribuirle a Él toda la gloria.

Y Dios no ha cambiado de estilo ni de táctica con su nuevo pueblo, que es la Iglesia. Cierto. Se le reconoce al hombre autonomía en todo lo temporal; pero, en lo que toca a su propia realización, debe rendirse a Dios incondicionalmente.Nos ha hecho hijos suyos, pero sólo a título de gracia, de donación. Gratis. Y se salva y se realiza el humilde; el que, consciente de su limitación, no pone su seguridad ni en sí mismo, ni en ningún valor mundano, sino en Dios y en seguir sus planes.

Así se comprende que los niños, los pobres y los pecadores —como más dispuestos a aceptar su insuficiencia y pequeñez— sean los privilegiados del Reino de Cristo.

Todos somos un poco ateos

“Sabe el demonio que el alma que tenga con perseverancia oración la tiene perdida; y que todas las caídas que la hace dar la ayudan, por bondad de Dios, a dar después mayor salto en lo que es su servicio” (SANTA TERESA DE JESÚS).

Como Dios nos hizo grandes y quiso que dominásemos la creación entera, sigue halagándonos la más vieja de las tentaciones: ser como Dios (Gén 3, 5).

“Hijita, lleva este encargo a la Sra. Fulana. Mira: ella te querrá regalar unas monedas. No se las recibas, mi amor”. Así inculca la mamá pudiente a su niñita la idea de independencia y autonomía.

Y llevados de ese afán de autosuficiencia, quisiéramos no necesitar de nadie, ni tener que agradecer nada a otros. Ni siquiera a Dios. En este sentido todos estamos contagiados de ateísmo. Desearíamos ser autónomos e independientes incluso frente a Dios. Y nos duele tener que recurrir a Él. Sobre todo, nos molesta que su auxilio y su perdón sean gratuitos.

Y no hay más remedio que reconocer nuestra indigencia, nuestra condición de mendigos de Dios. Y aceptar su gracia. Cristo es la vid; nosotros, los sarmientos. Sólo unidos a Él, percibiendo su savia, daremos frutos. Desgajados de Él, nada rendiremos (Jn 15, 5-6).

Desquites del Celoso

Leyendo el Antiguo Testamento, se siente a veces la impresión de estar asistiendo a revanchas de Dios, en desquite de haberse apartado su pueblo de Él.

De hecho, la historia de Israel se compendia en este esquema repetido en el libro de los Jueces: los israelitas se apartan del Señor. Entonces los desampara Él provisionalmente, y caen en mano de sus enemigos. Y cuando, al verse humillados, se vuelven a Dios convencidos de que le necesitan, Él suscita un libertador que pone fin a la opresión.

Tal es también la triste historia de cada uno de nosotros. De vez en cuando revive el ateo que llevamos dentro.Y no es que, como los israelitas, nos postremos ante ídolos extraños. Sencillamente: declarándonos independientes y autónomos, organizamos nuestra vida según planes y criterios opuestos a los del Padre. Y se repiten sus cariñosas revanchas. Nos retira entonces provisionalmente su auxilio, y venimos a caer de hinojos ante el ídolo de turno: sexo, droga, trago, deporte, riqueza, técnica… Él sabe que experimentaremos pronto la tiranía de nuestros nuevos señores y que, convencidos de la torpeza cometida al abandonarle, sentiremos necesidad imperiosa de volver a Él. Por eso nos espera con los brazos abiertos.

Según esto, ¿no son nuestros fracasos morales verdaderos regalos de Dios? Cierto. Pero hay que reaccionar debidamente y aprender la lección.

Remedio de endiosados

“Las debilidades que en otro tiempo me hicieron sufrir tanto, hoy constituyen mi felicidad. Pienso que ellas hacen resplandecer más el poder de Dios, y que su pequeña «Alabanza de Gloria», está más pendiente de Él y más fundada en la verdad” (BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD).

Hoy, muchos se están degradando hasta dar la impresión de que gozan en destacar más su animalidad que su personalidad. Y no es que Dios los ha dejado definitivamente de su mano. Ellos, endiosados, estaban empeñados en prescindir de Él. Despreciaban la religión. La calificaban de antigualla. Creían bastarse a sí mismos. Y ahí están, hundiéndose cada vez más en el fango. Dios les baja cariñosamente los humos. Les retira provisionalmente su gracia para que, comprobando a la vista de su degradación que solos no pueden realizarse como hombres, ellos, los que galleaban, los que creían que recurrir a Dios era algo superado e indigno de los superhombres de nuestro siglo, sientan necesidad de volver a Él como pródigos arrepentidos.

Cuando acudan al Señor convencidos de que el honor de ser algo, de conseguir señorío sobre sí mismos no es suyo, sino de Dios, del que se llama Celoso, Él les hará fuertes y capaces de forjar su personalidad humana y cristiana. Pero no antes; que “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (1 Pe 5, 5).

Hasta que caiga la soberbia

“Dios cura la oculta soberbia con manifiesta lujuria”. Esta sentencia se atribuye a San Agustín. San Juan de Ávila la comenta así:

“Ama tanto Dios que el hombre sea humilde que, aunque sea a trueque de pecar mortalmente, le permite caer… en pecados no humanos, sino bestiales, hasta que lo desatina y hace desconfiar de su saber y fuerzas. ¡Oh, qué de cosas pasan hasta que uno se humilla a Dios y a los hombres! ¡Qué de tentaciones y caídas hasta que caiga la soberbia! Y entonces el hombre está apto para ser levantado y ayudar a levantar a otros”.

A buenas, en actitud de hijos rendidos a sus planes, conseguimos de Dios cuanto nos conviene. Pero considerándonos dioses, tratando de medirnos con Él y de robarle la gloria que se reserva en exclusiva, lo perdemos y nos perdemos. Por ahí no pasa. Por eso, hasta que desterramos la soberbia, nos deja Dios solos. Y esta es la utilidad de nuestras caídas: ayudarnos a volver a nuestro puesto de criaturas. ¿Cómo iba a caber Dios en nuestra alma estando llena de altanería? Las propias debilidades podrán servirnos para despojarnos del yo egoísta. Y hecho el vacío, vendrá a llenarnos el único que basta: Dios.

Reaccionando debidamente ante nuestras miserias, nos situamos en la verdad y nos afianzamos en el amor, entrando así con pie derecho en el camino auténtico del Evangelio.

*     *     *

Guerra al desaliento

Para ello es preciso, ante todo, declarar guerra sin cuartel al desaliento, que es más pernicioso y funesto que el mismo pecado. Es uno de los mayores obstáculos del camino del bien. Causa verdaderos estragos.

El desaliento es el culpable de que los mejores propósitos y resoluciones se malogren. Descorazonándonos es como agravamos nuestra situación de caídos; pues nos apartamos del remedio. Si luchando y orando aún cuesta tanto triunfar, ¿qué será si, desalentados, dejamos de esforzarnos y de recurrir al cielo en busca de socorro?

Dios no quiso eliminar nuestra fragilidad. No suprimió nuestros pecados. Prefirió darnos facilidades para obtener el perdón. Así, cada debilidad viene a recordarnos la necesidad que de Él tenemos para ser fuertes. Por lo tanto, desalentarse es rechazar la intervención de Dios, que quiere hacer brillar su poder, amor y bondad en nuestra rehabilitación. Es rebelarse contra la propia pequeñez y debilidad. Es quejarnos de que somos hombres y no dioses.

Acepta tu pecado

Hay que arrepentirse —claro está— y reparar el pecado. Pero aceptando y aprovechando su lección. Él te enseña y te recuerda que no puedes realizarte sin contar con Dios y sus normas. Y que, por lo tanto, la gloria de todo lo bueno que has logrado, logras y lograrás, es suya en última instancia. Tu orgullo se subleva reclamando la honrilla para ti. Pero debes rendirte a la realidad y aceptar que sea el Señor quien se glorifique precisamente en tu debilidad y pequeñez, mostrando su poder en hacerte fuerte y grande, a pesar de la materia prima tan vil que tú le ofreces.

Como se ve, no basta tener paciencia para aguantar a los demás. Hay que comenzar por soportarse a sí mismo. Así lo entendieron y vivieron los santos.

“Estoy mucho más contenta de haber sido imperfecta que si, sostenida por la gracia, hubiera sido un modelo de dulzura”, comenta Santa Teresita al dar cuenta a su hermana Inés de la indiferencia con que, extenuada por la fiebre, había acogido a cierta monja impertinente (Carta 207). Y en su carta 215, la santa estampa audazmente esta afirmación: “Sí, basta humillarse, soportar con dulzura las propias imperfecciones: he aquí la verdadera santidad”. Doctrina ésta que tiene también aplicación tratándose de pecados gravísimos.

Dime cómo reaccionas…

Dime cómo reaccionas al verte caído y te diré si avanzas en el camino del bien o retrocedes. Y te lo diré sin reparar demasiado ni en la frecuencia ni en la magnitud de tus culpas.

Judas y Pedro pecaron en la misma noche. A ambos perdonaba Cristo. ¿Qué los ha separado tanto? Indudablemente, su diversa reacción. A los dos les mostró el pecado el abismo de su miseria. Y Pedro la aceptó. Reconoció que, contando con solas sus fuerzas, caminaba a su perdición. Y se acogió a Cristo en busca de apoyo. Y con Él, triunfó. En cambio Judas, aunque reconoció y confesó su maldad, no se soportó a sí mismo, ni aceptó el perdón que Cristo le brindaba llamándole amigo, y huyó de Él. Si, en lugar de colgarse despechado del árbol, se hubiera colgado con confianza del cuello del Maestro, podría haber sido apóstol tan glorioso y eficiente como San Pedro.

Mira, pues, cómo reaccionas. Si al sentirte imperfecto te impacientas y te enojas contra ti mismo, y la idea de que no tienes remedio te trae abatido unos días, sin ánimo para sobreponerte y reanudar la lucha, no te engañes pensando que tienes pesar de haber ofendido a Dios. No. Tu desazón es fruto del orgullo. Tienes pesar de no ser autónomo; de ser limitado y pequeño; de que no te bastas a ti mismo; de que necesitas a Dios. No hay todavía en ti cimiento de verdad para alcanzar la perfección.

Si por el contrario, al repetirse las caídas, sabes sufrirte con paciencia y temor amoroso de Dios, de manera que, en medio de tu dolor de haberle ofendido, sientes paz interior y serenidad, y el verte débil te impulsa a buscar apoyo en Dios, y reanudas la lucha optimista porque cuentas con el socorro divino, ya has llegado a piedra firme. Vas camino del triunfo.

Explota tu miseria y tu debilidad

La imposibilidad, las llagas y la debilidad son la fuerza y la defensa del mendigo y del niño chico.

El mendigo lisiado no se retira a un rincón a llorar su desgracia. Sería su perdición. Se hace exhibir. Y cuanto más purulentas son sus llagas y más completa su incapacidad, mayor compasión despierta.

El pequeñín, si da en patalear para que lo dejen ir por su pie y el camino es largo, está perdido. Resignarse a ser pequeño es su salvación. En brazos ajenos llegará a donde haga falta.

Y la fuerza del pecador está en los brazos del Padre, si sabe explotar debidamente su debilidad y miseria moral como el que exclamaba: “Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 10).

El secreto está en conjugar convenientemente la desconfianza en sí mismo con la confianza en Dios; el NADA PUEDO con el TODO LO PUEDO. Lograr el equilibrio es difícil, porque el demonio es maestro en la magia de escamotear la segunda parte. El pecador puede caer fácilmente en la trampa, y revolviendo sólo la idea de que no tiene remedio, de que es inútil todo esfuerzo, encastillarse en su pesimismo y echarlo todo a rodar. Y es su ruina. Debe avivar la confianza; porque si es verdad que SOLO nada puede, la verdad completa es que CON DIOS lo puede todo y nada tiene que temer. Por Dios no ha de quedar. Está ansioso de ayudarnos. La única condición que pone para hacerlo es que reconozcamos nuestra pequeñez y que no le robemos la gloria del triunfo, atribuyéndolo a nuestra industria. Recordemos que se trata del CELOSO.

Dice Santa Teresita: “Cuando nos ve convencidos de nuestra nada, nos tiende la mano”.

¡Cambia de religión!

“No os desaniméis, si alguna vez cayereis, para dejar de procurar ir adelante; que aún de esa caída sacará Dios bien… San Pedro salió de la quiebra no confiando nada en sí. Y de allí vino a poner su confianza en Dios” (SANTA TERESA DE JESÚS, Las Moradas).

En términos menos sensacionalistas: cambia de cofradía o de actitud frente a Dios. Porque hay DOS RELIGIONES. La primera: la religión de LO QUE HACEMOS POR DIOS. La otra, la religión de LO QUE HA HECHO DIOS POR NOSOTROS (L. Evely).

Buenos representantes de la primera “religión” son el fariseo de la parábola (Lc 18), los primeros operarios de la viña (Mt 20) y el hermano del hijo pródigo (Lc 15).

Sus seguidores gustan de hacer el recuento de sus “servicios”: “Ayuno… pago el diezmo”. Y parecen fomentar cierto resentimiento contra Dios, como si no agradeciera debidamente los “beneficios” que le hacen: “Nunca me has dado un solo cabrito para que haga un festín con mis amigos”. Y como ellos han aguantado el peso del día y del calor, ven con malos ojos que los pecadores ganen tan barato el cielo. Y se escandalizan del Señor, quejándose de que se deja llevar de corazonadas con mengua de la justicia, pues mata el ternero cebado para agasajar al que tanto le hizo sufrir, y da el mismo salario a los jornaleros de última hora.

Pero esta cofradía de los satisfechos de sí mismos, de los “buenos”, de los fariseos, evidentemente no mereció la bendición de Cristo. No es ése el estilo de su Reino.

La auténtica es la religión de LO QUE DIOS HA HECHO POR NOSOTROS.

¿Ocupación de sus miembros? Cantar las bondades y misericordias del Señor para con ellos.

¿Prototipos? –La Santísima Virgen, San Pablo, San Agustín, las dos Teresas… y cuantos han adorado al Padre en espíritu y verdad. El estribillo de su cántico es: “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

Si deben escribir sus vidas o confesiones, prefieren contar sus pecados y su ruin vida. Si narran sus obras buenas y virtudes es sólo por obediencia y para mayor gloria del Señor.

Celina nos cuenta ingenuamente la lección que le dio al respecto su hermana, Santa Teresita. Le pidió una poesía destinada a recordar a Jesús lo que ella había sacrificado por Él, convencida de que era mucho. Y aceptado el encargo, Teresita evocó en numerosas estrofas no lo que Celina había hecho por Jesús, sino lo que Jesús había hecho por Celina. Así le enseñó el completo olvido de sí misma para vivir en el amor y en la acción de gracias.

Decididamente. No sirve el lenguaje utilizado por Pedro antes de Pentecostés: “Nosotros lo hemos dejado todo y Te hemos seguido”, “Aunque todos se escandalicen, yo no”. Se impone el del perseguidor transformado en apóstol: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Cor 15, 10).

¡Me gloriaré en mis flaquezas!

“El humilde, si algo de bien ha hecho con el favor de Nuestro Señor, halla o que lo ha maculado con soberbia o vanagloria, o con pereza, o con no responder como debía, o con otras dos mil faltas que Dios le da a conocer, o con otras dos mil que aún no ve, mas cree que las hay… Y esto es andar en verdad, dando a Dios lo que es suyo, que es todo el bien sin ninguna mezcla de mal”.
“El mayor placer que a vuestro enemigo podéis dar es quedaros caído en el camino, como atollado en el lodo, y quebrantado con la desconfianza, y como a quien ya no toca el negocio del cielo… Ninguna razón sufre que vos os canséis de recibir perdón, pues Dios no se cansa de dároslo”.
“Si mil veces cada día cayere, tantas llame a Dios y se levante como pudiere. Y por ninguna cosa de cuantas le acaecieren deje de proseguir su camino, aunque sea herido y caído y cuanto más quisiere; que en esta guerra el que huye y se da por vencido, éste pierde la joya, y otro no, por herido que sea” (SAN JUAN DE ÁVILA).

“El que se gloria, que se gloríe en el Señor”. Porque en sí mismo nada tiene de qué enorgullecerse, sino sus debilidades y miserias, en cuanto que, con ellas, da a la fuerza divina ocasión de resplandecer y llegar al colmo (ver 2 Cor 10, 17 y 12, 15).

En el cielo, recordando nuestro pasado bochornoso, entonaremos jubilosos el MAGNIFICAT. Porque veremos sorprendidos que, cuanto más nauseabundas fueron las llagas de nuestras culpas, más brilla la misericordia de Cristo que las sanó con las suyas. Y como estaremos identificados plenamente con Él, su gloria será nuestra. La que a Él le tributen redundará en quienes, con nuestras flaquezas, levantamos el pedestal de su encumbramiento.

¿Por qué no comenzamos ya desde la tierra a cantar nuestra gratitud al que hizo maravillas en nuestra debilidad? Porque no nos hemos despojado de nosotros mismos. No nos ha llenado Cristo.No estamos identificados con Él, ni es su gloria lo que buscamos, sin la nuestra. Y al quedar tan mal parada nuestra honrilla con un pasado lleno de deficiencias, resentidos, malhumorados, no acertamos sino a rumiarlo, imputándonos eternamente nuestros pecados. Se apodera de nosotros la “obsesión del cieno”.

Levanta el ánimo. No escarbes más en el estercolero de tus miserias. Es de mal gusto. Vete a Cristo. En Él está tu remedio. No le hagas tan pequeño como si tu maldad fuera mayor que la bondad del Dios crucificado por amor. Y como si no pudiera hacer resplandecer su fuerza en nuestra flaqueza y su misericordia en nuestra miseria.

Filigranas en el barro

Te ha descargado Cristo del peso de tus culpas cargándote con la dulce obligación de vivir dándole gracias por su bondad.

Y lo primero que esa gratitud te exige es que pienses de Dios rectamente. Si tú no sabes perdonar, no midas al Señor con tu rasero, creyéndolo rencoroso. Él ni siquiera se espanta de nuestras debilidades. Sabe de qué pasta estamos hechos. Conoce la fragilidad de nuestro barro. Lo que le ofende es vernos despechados al caer, huyendo de sus brazos, prefiriendo llevar a cuestas nuestras heridas y la mugre que se nos ha pegado. Como tampoco extraña al padre que su pequeño caiga y se embarre. Lo que sí le molesta es el pataleo con que se resiste a ser ayudado, rechazando la mano que le tiende; y que siga revolcándose en el suelo con rabieta de impotencia resentida.

Los santos no son los que no cayeron, sino los que se levantaron a la primera, aprendiendo con cada tropiezo a conjugar mejor el NADA PUEDO SOLO con el TODO LO PUEDO CON DIOS. Son los que, convencidos de la vileza de su barro, se dejaron en manos de Dios, para que Él hiciera filigranas y maravillas con él. Porque Dios tiene a gran gala hacer santos de barro, a pesar del barro.

Al ritmo de Dios

Dios realizará filigranas de santidad con nuestro barro, a condición de que nos abandonemos en sus manos y caminemos a su ritmo. Nosotros querríamos ser santos en cuatro días. Pero la soberbia tiene raíces muy profundas en nosotros. Y hay que desarraigarla a todo trance; porque sólo triunfaremos confiando, no en la espada de nuestras propias fuerzas —como Goliat—, sino en el nombre del Señor, como David (1 Sam 17, 45). Y a convencernos plenamente de esta verdad llegamos únicamente tras muchos tropiezos y recaídas.

Como me sentía desalentado, he sido más humilde delante de Dios, y he orado igual que el luchador que pide gracia cuando su espalda toca el suelo. Dios vendrá más a nosotros cuando menos nos las demos de listos. Afortunadamente tengo fracasos… El fracaso es también un regalo de Dios; pero sólo digerible para los individuos que tienen buen estómago (Michel Quoist, Amor, El Diario de Daniel).


Por eso, los santos nos han repetido con gran insistencia que tengamos paciencia con nosotros mismos; que reanudemos la lucha a cada caída, sin desalientos, al grito de “comienzo de nuevo”. Y ellos eran maestros en el arte de utilizar las faltas. Porque no nacieron perfectos. Se hicieron con la ayuda de la gracia, a pesar de sus deficiencias y limitaciones.

Ellos imitaron al agua, que va adelante siempre. Si encuentra obstáculos que no puede superar, los sortea. Da un rodeo, pero sigue. Imitaron a los malabaristas. El público que acude al circo admira sus equilibrios y acrobacias increíbles, que sólo han logrado realizar con esa naturalidad mediante muchas horas diarias de entrenamiento año tras año. Si al no ejecutar limpiamente sus números después de cuatro a seis años de aprendizaje se hubieran desalentado, no habrían triunfado nunca.

Lo mismo hay que decir de los santos. Hoy son la admiración de cuantos leen sus vidas. Pero muchos de sus esfuerzos acabaron en el fracaso. También ellos sintieron en sus derrotas la tentación de dejarlo todo. Pero no sucumbieron. Si San Francisco de Sales , por ejemplo, al tener alguna brusquedad después de veinte años de empeño heroico por suavizar su temperamento colérico, hubiera abandonado la lucha descorazonado, no sería hoy tenido como modelo de mansedumbre y suavidad.

Decididamente. Hay que declarar guerra sin cuartel al desaliento. Tal decisión es la que llevará a la victoria. “Alguien tocaba el armonio en la iglesia. Cada vez que se equivocaba, volvía a empezar de nuevo. Y pensé que la vida es eso: levantarse después de cada falta, seguir caminando siempre, no pararse jamás”.


El sacerdote carmelita Marino Purroy Remón nació en el pintoresco pueblo navarro de Domeño, España, el 5 de julio de 1918. Con poco más de diez años ingresó en los carmelitas de Villafranca y allí, a los diecisiete años, hizo la profesión religiosa. Fue secretario provincial, director de La Obra Máxima, Prior de Logroño. Como delegado personal del Padre General estuvo 2 años en Argentina, 14 en Colombia y 32 en Chile. Fue Vice-postulador en el proceso de canonización de Santa Teresa de Los Andes. Es autor de numerosas obras de espiritualidad.



  




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