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«Tesoros de la Fe» Nº 131 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Odón de Cluny

Perfume y nostalgia de la Edad Media


Restaurador y consolidador de los fundamentos de la Cristiandad


Plinio María Solimeo




En los siglos VIII y IX, Europa pasaba por una profunda crisis religiosa y social, ocasionada, en gran parte, por las invasiones de los normandos o vikingos que, devastando ciudades y quemando iglesias, estremecieron las estructuras políticas, sociales y económicas entonces existentes.

Junto a ello, monasterios y abadías, antes refugio de la piedad, el arte y la cultura, estaban en decadencia, debido a abusos de miembros del alto Clero y de la nobleza, quienes se apoderaban de bienes y rentas eclesiásticas.

Además, algunos nobles nombraban abades, que muchas veces eran laicos, sus paniguados. “Los monjes, si los había, estaban puestos de lado, abandonados a su propia suerte, sin franca libertad y sin verdadera obediencia, reducidos a vegetar”.1 El relajamiento llegó a tal punto que llevó al Papa Juan XI a exclamar: “¡Ya no hay, por así decir, un solo monasterio en que la regla sea observada!”

La situación, lamentablemente, no era mejor en la Sede de Pedro, Cátedra de la Verdad y luz de los pueblos. Atravesaba ésta una terrible noche oscura, sucediéndose los Papas en períodos de poco más de dos años, víctimas que eran del veneno asesino o de trágicos accidentes naturales. ¡Sólo entre los años 822 y 894, 32 Pontífices pasaron por el Trono de San Pedro! 2

Para revertir esta situación, era necesario una serie de santos suscitados por la Providencia divina, quienes por su acción reformaron el orden espiritual para que éste impregne, en todo el orden temporal y en el corazón de la vida de los pueblos, la savia del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

Uno de ellos, y bajo cierto aspecto tal vez el más providencial, fue San Odón (879-942), Abad de Cluny, llamado a restaurar, ordenar y consolidar en sus fundamentos la sociedad temporal de entonces, para que ella se eleve y alcance su apogeo, mereciendo así el título —que un autor francés atribuyó a la Edad Media— de “la dulce primavera de la fe”.

Al iniciar San Odón la llamada reforma cluniacense, imprescindible para modificar aquel estado de cosas, su profunda y benéfica influencia se hizo notar de inmediato en las dos esferas, la temporal y la espiritual, gracias al gran número de santos y hombres providenciales que formó, y al papel que éstos desempeñaron. Basta recordar al gran Papa San Gregorio VII, el monje Hildebrando, salido de una de las abadías reformadas por Cluny.

Cluny hizo posible tan profunda reforma, que permitió a la Edad Media merecer de León XIII (1878-1903) el célebre elogio:

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer”.3

Nacimiento de Odón, fruto de la oración paterna

El sabio Abon, perteneciente a la nobleza militar franca y relacionado con muchas de las casas reinantes de la época, más noble aún por la virtud que por el blasón de armas, veía acabarse los años sin tener hijos. En una víspera de Navidad, lleno de fervor, suplicó con lágrimas al Divino Salvador que, por la virtud de su nacimiento temporal y por la fecundidad de su Santa Madre, hiciera fecunda a su esposa, estéril y de edad madura.

El beato Urbano II, un cluniacense elevado al sumo pontificado, consagra el altar del monastero de Cluny


Al año siguiente, 879, sus votos fueron oídos. Su mujer dio a luz a un niño, que recibió el nombre de Odón y que él se apresuró en consagrar a San Martín de Tours, uno de los santos más populares de la época. Cuando Odón alcanzó la edad de la razón, Abon le dio como preceptor un piadoso sacerdote, que lo formó en la virtud y en el rudimento de las letras.

En la pubertad, Odón se transformó en un esbelto mozo, lleno de encanto y buena disposición. El padre, por apego, en vez de cumplir el voto que hiciera a San Martín, lo destinó a la carrera de las armas, enviándolo a la corte de Fulco II, conde de Anjou, y después a la de Guillermo, el piadoso, duque de Aquitania.

No es de sorprender que, en la vida de corte, el joven Odón, cada vez más entusiasmado con cacerías, aprendiendo de las armas y juegos, fuese abandonando sus ejercicios de piedad. Pero Dios, que lo quería para sí, hacía con que, por más que buscase, no encontrase en ello sino disgustos. Al mismo tiempo, sueños terribles —en los cuales veía el castigo de una vida tibia y relajada— lo aterraban. Angustiado con ese estado de cosas, el adolescente recurrió a la Santísima Virgen: en una noche de Navidad le suplicó insistentemente que se apiadara de él, y lo condujese por la recta vía de la santificación.

Al día siguiente, Odón, entonces de 16 años, amaneció con un terrible dolor de cabeza, incapaz de mantenerse de pie. El extraño mal, que duró tres años, fue agravándose de modo que se temía por su vida. Fue sólo entonces que el padre, asustado y viendo en esto un castigo de San Martín, narró al hijo la consagración hecha, aconsejándolo a renovarla por sí mismo. Odón lo hizo, prometiendo servir al santo hasta el fin de su vida. ¡La curación fue instantánea!

Canónigo de San Martín, monje

Actuando en consecuencia, Odón se dirigió a Tours para servir a Dios en la iglesia de San Martín. Su antiguo protector, Fulco de Anjou le proporcionó una ermita cerca del templo, y fundó en ésta una canonjía para proveer a Odón la necesaria subsistencia. Allí, entre la oración y el estudio, Odón pasó algunos años en una vida de austeridad y penitencia que emulaba con la de los antiguos monjes del desierto. Partió después hacia París, a fin de proseguir sus estudios filosóficos y musicales.

De regreso a Tours, al crecer en él el deseo del aislamiento, se dirigió al Monasterio de Baume, reformado por San Bernón. Éste había obtenido del Papa una bula colocando su monasterio y los que fundara en el futuro bajo la tutela directa del Sumo Pontífice. Evitaba así cualquier ingerencia del poder temporal. Se empeñó en que sus monjes observasen rigurosamente la Regla de San Benito.

Esto atrajo a muchos varones deseosos de practicar la virtud, entre los cuales San Odón y San Adgrin. El monasterio ya no podía contener a tanta gente. Guillermo el piadoso, duque de Aquitania, vino en su auxilio, cediéndole una propiedad que poseía en Cluny. De ese modo, en 910 se fundaba la Abadía que vendría a ser como que el alma de la Edad Media.4 El ejemplo de Guillermo fue seguido por otros potentados, y San Bernón se vio a la cabeza de seis monasterios, fundados o reformados como el de Baume.

El abad vio pronto en Odón cualidades de inteligencia y de alma que prometían asegurarle el futuro de su obra. Dedicado a la instrucción de los novicios y numerosos pensionistas del monasterio, Odón los formó en las letras humanas y divinas con prudencia y singular talento. Como maestro de novicios buscaba sobre todo infundirles el desapego de los bienes terrenos y a procurar en todo solamente a Jesucristo.

Migajas de pan se transforman en piedras preciosas


San Hugo en el refectorio de los Cartujos, Francisco de Zurbarán, s. XVII – Museo de Bellas Artes de Sevilla

Un milagro que ocurrió en esa época evidencia cuán dilecto era Odón al Creador. Según los hábitos del monasterio, era de regla que los monjes cogiesen todas las migajas de pan que sobrasen alrededor del plato y la pusiesen en la boca antes de terminada la lectura.

Ahora bien, Odón las había recogido, pero absorto con lo que estaba siendo leído, no las llevó a la boca a tiempo. Como, por la regla, no podía comerlas ni dejarlas, no sabiendo qué hacer, esperó el término de la oración de acción de gracias, fue al lugar central del refectorio y, prosternándose delante del abad, acusó su falta. Como éste no le entendió, Odón abrió la mano para mostrarle las migajas. Éstas se habían transformado en piedras preciosas de especial valor, que fueron después empleadas en los ornamentos de la iglesia.

Con permiso del abad, Odón fue a la casa paterna para dar asistencia religiosa a sus ancianos padres. Les habló con tanta unción del desapego de este mundo, que ambos, a pesar de la edad, renunciaron a todo e ingresaron en un monasterio para terminar sus días.

A su regreso, el monje, a pesar de su renuencia, recibió el sublime sacramento del Orden, convirtiéndose en sacerdote por toda la eternidad.

Abad de una casa religiosa espejo de una época

Antes de fallecer, en 927, San Bernón dividió sus monasterios entre su pariente Guy y Odón. Éste quedó con los de Déols, Massay y Cluny. Fue en éste último que se fijó, siendo por muchos considerado su fundador, pues fue quien organizó y desarrolló la naciente fundación.

Si San Bernón hizo conocidas sus abadías en Aquitania y Borgoña, San Odón les daría reputación universal.

Previendo el papel que la Providencia divina reservaba a sus monasterios, procuró ardientemente aumentar la santa milicia que los componía y darle formación proporcional al papel que desempeñaría en el futuro.

En este trabajo el abad unía, al mismo tiempo, intransigencia férrea, bondad profunda y un humor siempre alegre que conquistaba a sus monjes: “en el recreo nos hace reír hasta las lágrimas”, decía uno de ellos. Pero él era siempre el primero en el ejemplo de la observancia a las reglas, en la mortificación y en las más humillantes penitencias.

El silencio era tan riguroso en Cluny, que los monjes se habían acostumbrado a hablar por gestos, y lo hacían incluso cuando estaban en misión fuera del monasterio, o como en el caso de dos que fueron apresados por los normandos, en la prisión donde se encontraban.

La fama de Odón atrajo alrededor de Cluny a muchos anacoretas, deseosos de aprovechar su dirección y consejos.

El imperio monástico cluniacense: sustentáculo del apogeo medieval

“Todo, en ese gran santo, tenía proporciones admirables: su influencia, sus buenas obras, su energía”.5 Por ello, muchos señores feudales le pedían que aceptara viejas abadías para reformarlas, o que fundara nuevas en sus dominios. Así, el abad de Cluny se volvió tan gran señor temporal, que cooperaba a la paz de Europa, en calidad de pacificador y consejero, solicitado como árbitro entre los litigantes.

De ese modo a pedido de los Papas León VII y Esteban VIII visitó Roma tres veces. Le fue solicitado, en una de ellas, que reconciliara al príncipe de Roma, Alberico, con su suegro Hugo, rey de los Lombardos. Si bien no obtuvo de ellos una paz definitiva, no obstante ambos fueron concordes en testimoniarle gran veneración. Alberico estableció a Odón como archimandrita de todos los monasterios situados en la vecindad de Roma, lo incumbió de reorganizar el monasterio romano de San Pablo extramuros, ocuparse del Subiaco, de Santa María en el Aventino, de San Lorenzo y otros famosos monasterios romanos o de las cercanías.

En sus constantes viajes apostólicos, el abad de Cluny visitó con éxito Pavía, Monte Gargano, Salerno, etc. Pero nada obtuvo en Farfa, debido a la oposición de dos de sus monjes, asesinos del último abad. Fue solamente después de la muerte del santo, que una expedición militar consiguió instalar allí a un reformador.

Así, Odón recorrió prácticamente toda Francia y parte de Italia añadiendo casas religiosas a su inmenso imperio monástico.

En cada comunidad, nueva o reformada, el santo pasaba una temporada, haciendo observar la regla cluniacense, sus usos y costumbres. Conquistaba primero a los religiosos más antiguos y a los de buena voluntad, y después, poco a poco, a los demás.

Para eso, convocaba cada mañana a los monjes para un capítulo, en el cual iba leyendo y comentando la regla, respondiendo preguntas y esclareciendo dificultades. De esa forma, con suave firmeza, atraía a todos hacia lo más alto. Cuando constataba los primeros progresos, dejaba a algunos de sus monjes para continuar su obra, y pasaba a otro monasterio. De tiempo en tiempo, volvía para enfervorizar a los tibios y estimular a los fervorosos.

Para preservar la unidad del régimen, de estatutos, de regla y de disciplina en estas abadías, era siempre el abad de Cluny quien las gobernaba por medio de un prior local. Cluny se convirtió así en la metrópoli y cabeza de este sistema abacial, modelo después seguido por otras abadías, principalmente por el Císter.

En sus viajes, era común ver al poderoso abad bajar de su cabalgadura para socorrer a un necesitado, y, muchas veces, colocarlo en la cabalgadura, jalando él la rienda hasta la localidad más próxima. Su caridad no conocía límites. Mandaba que los restos de pan y de vino que sobrasen en el refectorio fuesen distribuidos a los pobres peregrinos. Cluny alimentaba a dieciocho pobres al día, siendo que, durante la Cuaresma, llegaba a distribuir víveres a más de siete mil indigentes.

Gran músico, Odón compuso doce antífonas a San Martín de Tours, un himno al Santísimo Sacramento, una antífona a Santa María Magdalena, habiendo escrito también un trabajo teórico sobre música. Se cuenta que en sus viajes el santo abad enseñaba a los pastores a cantar sus antífonas, premiándolos cuando lo hacían bien.

Abadía de Cluny, alma de la Edad Media


“Nunc dimittis”, después de concluida su obra

En fin, la obra providencial de San Odón estaba terminada. Dio el impulso inicial de este verdadero imperio monástico, en el cual se practicaba la observancia más estricta: “De Benevento al Océano Atlántico los más importantes monasterios de Italia y de las Galias se felicitaban de estar sumisos a su comando”.6 Él podía cantar su Nunc dimittis (Llevadme ahora, Señor), como el profeta Simeón después de conocer al Redentor. Estando en Roma, una grave enfermedad le hizo presentir que su fin estaba próximo. Odón pidió entonces a su patrono, San Martín, que le fuese concedido morir junto a su tumba, habiéndole este santo restituido la salud. Después de los muchos sufrimientos y fatigas de tan largo viaje en lomo de burro y a pie hasta Tours, allá llegó el mismo día de la fiesta de San Martín.

San Odón celebró la misa con un fervor extraordinario, ofreciéndose a Dios como víctima inmolada a la Justicia Divina. Tres días después, cayó nuevamente en cama, y comenzó a preparar a sus hijos espirituales para que prosigan su obra en medio de lamentaciones y plegarias de miles de ellos provenientes de varias casas. Así entregó su alma de fuego al Creador.

San Odón seleccionó y formó a los discípulos en la escuela que creó. Cluny continuaría por más de un siglo en ser dirigida por discípulos que dieron origen a la famosa sucesión de los Santos Abades de Cluny. Ésta comienza por su sucesor directo, el beato Aimar, sustituido por San Mayolo, elevándose después a San Odilón, para culminar con aquel que tal vez fue el mayor de todos ellos: San Hugo, que llevó a Cluny a su apogeo. 


Notas.-

1. Cf. Vie des Saints et des Bienheureux, RR. PP. Bénéditins de París, Éditions Letouzey et Ané, 1954, t. IX, pp. 624-25.
2. P. José Leite  S. J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, vol. III, p. 326.
3. Encíclica Immortale Dei, 1-11-1885, Bonne Presse, París, vol. II, p.39.
4. Cf. Celso da Costa Carvalho Vidigal, Cluny, alma de la Edad Media, in Catolicismo nº 61, enero de 1956.
5. Les Petits Bollandistes, Vie des Saints, d’après le Père Giry, par Mgr. Paul Guérin, Typographie des Célestins, Bar-le-Duc, 1874, t. XIII, p. 495.
6. Idem.



  




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